Munizaga Yávar, Mónica. 2018. Vuelo blanco. Valdivia: Editorial Fértil Provincia, 52 pp.  

 

 

El oscuro silencio

de los pájaros

pasó una vez

por mi ventana

 

Mónica Munizaga Yavar. Vuelo Blanco 

 

            Un pájaro canta en nuestra ventana, lo oímos, nos estremece su belleza; sin embargo, no nos cuestionarnos a qué o a quién le entona su melodía, porqué está allí, porqué no ha anidado aún y posa, misteriosamente en el macetero del balcón. No hay pichones, huevos en el árbol que da sombra a esta casa imaginaria. Rápidamente el pájaro emprende vuelo. Lo escuchamos aletear como escuchamos al viento.  Y eso fue todo. Seguimos trabajando. Máquinas. Un pájaro ahora, calla, detenido en el umbral, y nos asombramos de su existencia. Está contemplando algo y nosotros, lo contemplamos. Hay una atmósfera, un aura que lo protege. Lo miramos, nosotros también en silencio. Como si estuviéramos ambos a punto de cometer un delito. A hurtadillas, susurrando a los demás. ¡Miren, un pájaro! Casi buscando atraparlo en el tiempo. Un instante antes de que vuele lo sabemos. Lo presentimos. Escapa. Y sentimos el vacío, el vuelo blanco del peregrino. 

            Muchos poetas han sido pájaros en sus textos, desde Juan Luis Martínez, hasta Leonel Lienlaf, e incluso bandas musicales como La máquina de hacer pájaros de Charly García y la frenética composición de Liszt El sermón de los pájaros. Pocos han convertido al ave en el protagonista de una sola historia poética. Mónica, se vale de su mística para expresar algo que podría ser la historia de un vuelo.  

            El viaje emprendido por Mónica como timonel se parece al aleteo de un pájaro mudo que existe en nuestro interior. Que late rápido como un colibrí, y a veces, deja de latir. los pájaros posan su canto/al borde/de la incertidumbre. Un vuelo blanco que comienza en una tapa negra, una noche iluminada solo por la luna llena como veleta. El viento, protagonista durante el relato, es quien guiará el viaje de la pluma, de la palabra, en el aleteo del colibrí. Mónica nos propone en este poemario un texto ligado al territorio. Montañas, pájaros y paisajes que se van desmembrando, desde un exterior y que, a su vez, destacan la presencia femenina. 

            Abrimos el pequeño libro, y la palabra vuelo es difusa, hay una hoja que no nos deja ver bien. Una lágrima que nubla la vista y anuncia un duelo. Algo ha ocurrido que desconocemos. El pasado, la blancura de la ausencia. Y la primera página se convierte  en un nacimiento. Ya es hora/se acerca el fin/la página en blanco/abre sus capullos. El relato, comienza por un fin. El momento previo al primer llanto, el primer aliento de vida, el instante último del capullo. La intuición del aleteo del pájaro. Ese tiempo hecho de relámpagos al que no podemos volver. Hemos decidido dejarlo caer al abismo. Al pasado. Ocurre algo semejante al primer poema que da nombre al poemario de Leonel Lienlaf. Se ha despertado el ave de mi corazón/extendió sus alas y se llevó mis sueños para abrazar la tierra. 

            Mi madre tenía jazmines en la casa. Les entregaba todo su cariño, los regaba, les hablaba, los tocaba y ellos, florecían. La acompañaban en su soledad, cuando lo único que habitaba la casa era ella, y sus plantas. El perfume inundaba todas las habitaciones. Si este libro oliera, sería a jazmín. Un vuelo que deja parte de una vida flotar como partículas diseminadas en el aire, un aroma invisible, innombrable, pero presente.  Un vuelo que es el aroma de lo que nos pasa y un día dejamos ir. Un vuelo que permite desprendernos. Desaprendernos. Para asi, pensarnos. ¿Qué sucede con el pájaro cuando no canta? La vida es un viaje/reflejado en las nubes/Cada cierto tiempo/es necesario/volver a pensarnos.  

            Vuelo Blanco es un libro de poesía que podría asemejarse a una Elegía, sin embargo, no se lamenta de la ausencia, sino que, busca deshilachar el hilo rojo de su historia y liberarse de las ataduras de la tierra. Es un libro de aire. Se vale del canto y el espíritu de libertad.  Un viento norte que atraviesa decidido la cordillera. Del otro lado, tal vez, haya donde anidar. Te dejo volar/como un pájaro blanco/El universo hará/su plan infinito. Hay dos. Pájaro y alma. Mujer y hombre. Que en una danza se dejan llevar por ese viento que los empuja hacia el cielo, como un ritual de renacimiento. Asi viajo/guiada por mi luz/de antiguas guerreras/Ave Fénix soy. Algo ha muerto, y algo se trans-forma. Como si dos almas, propias, íntimas, se escindieran viajando en distintas dimensiones. Vuelo Blanco podría ser un solo poema largo, como un conjuro poético, profesado por una sirena. El canto de una peregrina.  

            Los cuarenta poemas y el poema final están cargados de simbolismos. Un colibrí, que podría ser halcón, es pequeño y es enorme. Se vuelve Brujo.  Lo vemos en la tapa, iluminado por la noche y acompañando a la poeta quien, con ojos cerrados, se deja llevar por el encantamiento. Levita, liviana como una pluma.  Un ave que de a ratos no sabe cuál es el rumbo de su viaje. El destino aparece como horizonte. La decisión de navegar hacia lo blanco, del alma. Este es un poema, un relato sobre migrar hacia dentro, acompañarse de la música de las esferas, el universo que carga con nuestra vida. Hay un rumor blanco/que cruza por el horizonte/en esta línea invisible/de polos que orbitan/distintas frecuencias.

            Mónica Munizaga le canta al nacimiento, a la mujer capaz de romperse en mil pedazos y renacer. Al duelo interno, blanco, intenso. Circular. Un horizonte hecho de puntos. 

 

Hoy me mira la luna/blanca y desmesurada /Es la misma de anoche, /la misma de mañana. /Pero es otra, que nunca/ fue tan grande y tan pálida/Tiemblo como las luces /tiemblan sobre las aguas. 

Alfonsina Storni. 

 

 

Marian Lutzky Rivas

Universidad Austral de Chile

marian.lutzky@gmail.com

 





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