Reflexiones en torno al discurso y las presuposiciones

 

 

Mauricio Pilleux[1]*

 

            Resumen

 

            El discurso es la conjunción entre el texto y sus contextos, lo que provoca una explosión de interpretaciones posibles a partir de él; pero las inferencias que haga el receptor deben estar hechas en base a estrategias de comprensión específicas, las que pueden extraer las significaciones visibles pero también las ocultas.

            El lenguaje como vehículo de comunicación es uno de los grandes temas que ha concitado la atención de los teóricos de todos los tiempos. Analizar la palabra y sus efectos, saber cómo los seres humanos usan los recursos para producir y comprender el lenguaje incluye diferentes disciplinas: es un desafío interdisciplinario.

            En la interacción verbal, el lenguaje nos permite comunicarnos e incomunicarnos, decir y también callar, insinuar, sobreentender, proponer, suponer. Un discurso no se agota ni siquiera en el contexto. Más aún, depende de él. Códigos e inferencias se complementan en la organización textual.

            Comprender lo que subyace cobra importancia decisiva a la hora de formar opinión. Lo que se transmite es siempre sólo una parte de lo que quedará oculto y posibilita el manejo sutil del poder encauzado a través del lenguaje. Encontrar la trama que propone un texto requiere habilidad para distinguir lo que se dice sin decir, lo que se quiere provocar sin que se evidencie. Basta una sola palabra para modificar, presionar y/o cambiar el sentido. La importancia de tomar conciencia de que siendo las palabras siempre las mismas, no dicen siempre lo mismo.

            Aquí señalaremos ciertas pautas para reconocer algunas de las operaciones que inciden en esos procesos de producción y comprensión del discurso, en particular, aquellos recursos que como fenómenos implícitos, que enmascaran nuestras intenciones, de los recursos para apropiarse de la voz del otro con la finalidad de poder decir sin decir y no tener que asumir la responsabilidad de lo dicho.

            ¿Cómo se comprende el significado como receptor del discurso? ¿Cómo se construye el sentido y qué sentido: el del productor, el del receptor? ¿Qué pasa con el entorno? ¿Se establecen relaciones con otros saberes para construir el sentido? En realidad, podríamos afirmar que no existe un receptor sino un interpretador textual que re–significa el texto. El sentido se negocia en un proceso dinámico y se construye conjuntamente entre ambos.

            El análisis del discurso abarca más que la mera descripción de las estructuras textuales: discurso no es sólo texto, sino una forma de interacción social en que se confunden texto y contexto. Así, un análisis extenso del discurso supone la integración del texto y el contexto en el sentido de que el discurso es un acto social. Un texto, como es sabido, ofrece diferentes posibilidades de interpretación. Estas diferencias dependen de qué información contextual se le añada a la del texto, según sea el conjunto de conocimientos en que lo integra el hablante, según sea su estado cognoscitivo al respecto. Un texto es, desde el punto de vista semántico, una función de un estado de conocimiento a otro. Al producir o al comprender un texto, se cambia lo que se sabe acerca del tema tratado, añadiendo información, o, a lo menos, confirmando la que ya se tenía.

            Así, consideramos hoy que la interacción cara a cara, juego en el que intervienen infinidad de variables manifestadas a través de signos verbales y no verbales gobernados por un sistema de reglas, es un proceso dinámico e irreversible mediante el cual se intercambia y se interpreta la información contenida en un mensaje en un contexto determinado. Es dinámico porque está sometido al movimiento y al cambio, que en última instancia, facilitan el orden y la estabilidad del sistema, y es irreversible en el sentido en que no es posible retroceder después de una emisión.

            En esta interacción, el locutor se refiere al mundo y al otro que está en ese mundo, tenemos una realidad que se interpreta, es decir, que se construye, se negocia, y se mantiene a través del contacto participativo de los interlocutores.

            Siendo las palabras las mismas, no siempre dicen lo mismo. Sólo basta una palabra para establecer una relación diferente, interpretar de otra manera una estrategia y lograr que toda la estructura textual se re-signifique. Los hablantes de una lengua saben, tienen internalizadas las reglas gramaticales, tanto las de la oración como las textuales y las estrategias discursivas para el uso de ese sistema, que, de hecho, implican esa capacidad de re-significar.

            Las estrategias de comprensión y producción del discurso (Pilleux 2001a) inciden sobre las conductas y creencias de las personas, se constituyen en actos de poder que representan el mundo en visiones fragmentarias. Es bien sabido que la lengua no es solamente un elemento de comunicación, sino también un instrumento de control, “en este sentido, los oyentes pueden, a la vez, ser informados y manipulados, y, en muchos casos manipulados cuando suponen estar informados. La lengua es ideológica en el sentido más político de la palabra: implica distorsión sistemática al servicio de los intereses de clase” (Hodge y Kress, 1997:12).

            Una lengua es, ante todo, su uso cultural y los usos comunicativos forman parte de esta acción humana. Por lo tanto, comunicarse es hacer cosas con determinadas intenciones: al emitir un enunciado, un autor intenta hacer algo, el destinatario interpreta o no esa intención y sobre ella elabora su respuesta, ya sea lingüística o no lingüística. El lenguaje, así entendido, no es ya un sistema semiótico abstracto, inmanente y ajeno a las intenciones de los usuarios, sino un repertorio de usos comunicativos cuya significación se construye, modifica y renueva mediante estrategias de cooperación y convicción.

            En una primera toma de contacto con la estructura discursiva, se inicia la negociación entre las expectativas del interpretador y las intencionalidades del productor. Así, para develar lo oculto de un mensaje, el interpretador (= receptor) interroga el texto y en él encuentra posibles respuestas: las analiza, las interpreta, las relaciona. Durante esa “negociación”, los interlocutores ponen en juego sus representaciones y conocimientos las que dan cuenta de diferentes “pretensiones de validez”. Como toda afirmación tiene un carácter relativo, esta debe estar situada en un tiempo y en un lugar dado. La verdad de un enunciado sólo tiene sentido dentro de un contexto determinado. Ahí es cuando tenemos que hacer funcionar nuestra competencia comunicativa (Pilleux 2001b), que, en definitiva, pone en juego nuestras habilidades verbales, culturales, sociales y psicológicas especificas partiendo de la reflexión sobre los diferentes elementos que intervienen en el discurso. En este momento cuando podemos tomar conciencia de lo “oculto” en los discursos sociales y comprender la compleja relación que existe entre el uso de una lengua y sus diferentes significados y sentidos.

            El discurso, entonces, se organiza en la interacción y a partir de esa instancia, se producen las presuposiciones, que se deducen del intercambio lingüístico. Cualquier enunciado puede transportar información adicional generada por el contexto en el que se produce, y acorde con los interactuantes. Si entendemos que inferir es deducir una cosa de otra, se supone que quien recibe un mensaje no tiene acceso directo al sentido pretendido por el productor

            Comprender es un juego entre emisor y receptor. En un lado se instala el emisor, quien se adjudica el derecho de decirnos cómo debemos interpretar. En el otro extremo, se ubica el receptor con su capacidad de re-significar. Una de las operaciones prioritarias para unir ambas posiciones, es la de inferir. Es el derecho del receptor, por su capacidad interpretativa, conjeturar y generar la lectura que texto en dicho contexto determina. Nos apoyamos en varios niveles para comprender un mensaje. Comenzamos por la estructura sintáctica y los elementos léxicos empleados, pero las conexiones sustentadas en nuestro conocimiento del entorno serán factores decisivos en la comprensión. El proceso no debe detenerse en la decodificación literal, pues hasta que no descubramos que hay más allá de la pretendida inocencia del lenguaje no habremos captado la esencia del mensaje mismo. Sólo si somos capaces de determinar inferencias habremos llegado a la comprensión. En la interacción se producen enriquecimientos mutuos, sabemos del mundo, de nosotros, pero también sabemos del otro que se instala frente a nosotros y es nuestro interlocutor. Es lo que nos permite asignar sentido.

            La negociación del significado indica una preocupación por las relaciones sintácticas, semánticas y pragmáticas presentes en todo discurso. Pone en funcionamiento una compleja red de dependencias de competencias que debe activar el receptor competente para detectar la base unívoca del texto y las presuposiciones que conlleva el mensaje que el emisor quiere que lea y el que eventualmente él ha de crear, sobre la base de su competencia comunicativa.

            Esta actividad necesita penetrar las estructuras semántica y pragmática, que es donde se inscriben las intencionalidades, creencias e ideologías de los interlocutores del acto comunicativo.

            Algunas de las estrategias utilizadas para ocultar la intencionalidad son los actos indirectos, la ironía, las paradojas, con el recurso de dar a entender lo contrario de lo que se dice. La ironía y la paradoja son figuras del lenguaje basados en el contraste; son figuras discursivas. Por ejemplo la ironía dice lo que no quiere decir y quiere decir lo que no dice. El destinatario debe, sin embargo compartir con el emisor la misma presuposición pragmática, porque en caso contrario, el significado del mensaje se entiende en forma literal. Vista desde la pragmática no es más que una actitud del hablante, su intencionalidad, siendo preciso contextualizarla ya que ningún enunciado es irónico en sí mismo. La ironía es una de las estrategias discursivas más fascinantes y complejas dentro del discurso.

            Es necesario trasladar el fenómeno de la ironía del campo de la Semántica al ámbito de la Pragmática. Si digo: “Que linda tu camisa!”, el enunciado devendrá irónico, según el contexto. Todo está en el receptor. Literalmente no presenta cambios. Las emisiones irónicas se utilizan también como contradicción argumentativa durante una exposición; por ejemplo, si alguien me pone en un terrible aprieto con su interrogación. Puedo responder: “Te agradezco tu pregunta, tan oportuna” y sólo los que tienen conocimiento previo podrán captar la ironía de la respuesta y en otros casos, si la pregunta o intervención es, además de inoportuna, conceptualmente inadecuada. O también puedo comenzar a responder: “Interesante tu pregunta. Podemos conversarlo después de la clase”. Todo esto hace pensar que la ironía no es una simple contradicción sino, mucho más profundamente, una paradoja. Debemos recordar que la paradoja, fenómeno cultural, además de lo que significa por su definición, es un juego de ingenio.

            Existen, además, interacciones en las que se tiene ciertos tipos de información que no se pueden dar, no porque sean prohibidas, sino porque el acto mismo de decirlas constituiría una actitud considerada reprensible. No obstante, el hablante precisa modos de expresión implícitos que permitan dar a entender esas situaciones sin asumir la responsabilidad de haberlas manifestado para protegerse de los avances de quienes detentan el poder y despliegan sus estrategias para hacernos ver o creer lo que han decidido que veamos o creamos. El énfasis puesto en el enriquecimiento de la competencia comunicativa, entendida en sus facetas de gramatical, estratégica, sociolingüística y discursiva, hace posible un mejor discernimiento a la hora de resignificar los textos.

            Comprender lo que subyace a la superficie textual es decisivo a la hora de formar opinión. Lo que se transmite es siempre sólo una pequeña parte de lo que quedará oculto y posibilita el manejo sutil de poder que se encauza través del lenguaje. Esto nos permite afirmar que todo texto es la resultante del equilibrio entre un conjunto de elementos codificables y un conjunto de elementos inferibles. Una sola palabra basta para modificar, presionar y fundamentalmente cambiar la realidad. Algunos de estos recursos son: la cita, la ironía, los actos indirectos, la paradoja.

            Reconocer los significados y sentidos subyacentes en el uso de la lengua es un desafío para todo hablante-oyente.

 

 

 

Bibliografía

 

 

Hodge, R. Y G. Kress. 1997. El lenguaje como ideología. Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras.

Pilleux, Mauricio. 2001a. “Competencia comunicativa y estrategias discursivas”, ALPHA 17:125-136.

______. 2001b. “Competencia comunicativa y análisis del discurso”, Estudios Filológicos 36:143-152.

 

 

Nota a “Reflexiones en torno al discurso y las presuposiciones”

 

 

            M. Pilleux diserta, en lo que sigue, sobre el discurso como amalgama del texto, su contexto y las intenciones y expectativas de sus usuarios. Nos alerta a pensar en los decidores silencios de este discurso, en quienes los desentrañan o plasman y en cómo lo hacen.  Nos recuerda que el discurso nunca queda completamente acotado por su contexto. Es un proceso activo dinámico de resignificación que requiere siempre un o una interpretadora, quien descubre, en una activa negociación de representaciones de mundo, tanto lo codificado como lo subyacente y aprende a desentramar lo dicho y lo dicho sin decirlo. Pilleux insiste, ya décadas atrás, en que producir y comprender el discurso es un acto de poder pues, al representar el mundo de manera necesariamente fragmentaria, influye en las conductas y creencias de sus participantes. Entender las operaciones de producción e interpretación del discurso es clave para la formación de opinión, nos dice. En la práctica de interrogar, analizar y relacionar las ‘pretensiones de validez’ de los argumentos que se le presentan, el o la interpretadora va aprendiendo a percibir lo oculto, es decir, a comprender de qué está hecho el discurso. Pilleux invoca “el derecho” del o la interpretadora a conjeturar y generar lectura desde los múltiples niveles de la lengua.

            Desde la formación de comunicadores y pedagogos de la lengua inglesa en Chile, a la que tanto aportó el profesor Pilleux, me inspiran y animan al menos dos énfasis de este escrito. Ante la persistente artificial separación de la enseñanza del inglés en habilidades aún llamadas “productivas” (el hablar y escribir) y “receptivas” (el leer y oír), resulta tan bienvenido el énfasis en el actuar activo—en nada pasivo—del o la interpretadora. Refresca oír invocar el acto interpretativo y su compleja y sutil forma de operar como parte sustancial de la comunicación. Me anima también el espacio abierto por Pilleux para instar a quienes aprenden una nueva lengua con atención al discurso a ejercer “el derecho de conjetura” en el entender, a sentir y elucubrar sobre lo no dicho (y que tanto dice) en el texto y en tal proceso, maravillarnos una vez más de lo que la lengua es capaz y de cómo las lenguas difieren en lo que son capaces. Al respecto, quisiera recordarnos a los educadores que es nuestro deber pedagógico garantizarle al aprendiz un ambiente seguro para conjeturar sin miedo a equivocarse en la elucubración, así como invitarlo a conjeturar con referencia a dónde vemos lo dicho y lo no dicho en la lengua, en la forma del texto. Con este foco tanto en la aventura interpretativa segura como en el intersticio entre contenido y la forma del discurso atendemos realmente al poder que entraña el discurso y su comprensión. Con este foco cumplimos realmente la responsabilidad que nos atribuye a los educadores de la lengua el gran M. Halliday, de ofrecerles a nuestros estudiantes las mejores oportunidades lingüísticas en la vida.

 

 

Malena Samaniego Salinas

Universidad Austral de Chile

 



[1] * Artículo publicado en Documentos Lingüísticos y Literarios N° 24-25 (45-49), 2001-2002.





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