Lectura dialógica

 

 

La poesía de Juana Karen Peñate Montejo

 

Lucía Aguayo

Universidad Austral de Chile

 

Al leer la poesía de Juana Karen Peña­te, es inevitable percibir la importancia de la comunidad detrás de sus palabras, como si todo el pueblo ch’ol fuese el hablante lírico y Juana la transmisora del sentir colectivo. Si bien la denominación de ch’ol fue dispuesta por los españoles, ellos mismos se conocen como xtyañoñlojoñ, “somos de palabra”, como si la comunidad estuviera construida en base a la palabra y a la poesía. Esta identi­dad se visualiza en los versos de Juana, cuyo sustento se afirma en aquello que se es ca­paz de entregar a través de los vocablos, tal como menciona en el poema “Tiempo”: “entrégale a la mujer ch’ol tus letras y/ símbolos, ella escribirá / contra la muerte que nos ahoga, / así le cantará a los pueblos del mundo”. Asimis­mo, el reconocimiento de esta identidad también guarda relación con aquello que la comunidad comparte con el resto del mundo, pues no sólo guardan la palabra para sí mismos, sino que difunden los sentires al exterior: “fuera de nuestras selvas/ traemos música/ para convidarle a la humanidad”.

La construcción de esta identidad contiene una belleza sutil, que germina desde el re­conocimiento de la palabra como semilla de esta personalidad que surge desde el yo hasta el nosotros, como el hilo que entreteje el sentir personal con el colectivo. Es tal este punto, que incluso al manifestar tristeza los vincula con la pérdida del sentido de la palabra: “palabras sin metáforas/ pronuncia mis labios”, pero, a la vez, se recompone buscando el sentido de la misma, desde el exterior hasta el interior, como si la comunidad fueran las manos sobre las que Juana se sostiene incluso en los momentos de dolor: “dicen que soy alfabeto y luz de esta tierra. / Dicen que soy, y que así me manifiesto”. Sin duda, lo que hace bella la poesía de Juana es precisamente este reconocimiento de la identidad colectiva, siendo ella misma una hoja de este gran árbol que se une por el ñichimal ty’añ o flor de la palabra.

 

 

 

La poesía de los Ty’añob, es música en mi corazón

¿Bajche’ yu’bil la’ pusik’al? ¿Cómo está su corazón?

 

Juana Karen

 

Los xty’añob (los Choles), nos ubicamos en la región sureste de México y en el noroeste del Estado de Chiapas, colinda al norte y al noroeste con el estado de Tabasco y con el municipio de Playas de Catazajá (Chiapas); al sur con los municipios de Simojovel, Yajalón y Chilón; al este con el municipio de La Libertad; y al oeste con el municipio de Huitiupán.

Los xty’añob (Choles) habitamos principalmente en los municipios de Tila, Tumbalá, Sabanilla, Salto de Agua, Palenque, Huitiupán.

La historia en la época actual de los tya’ñob (Choles) de Chiapas, han tenido un proceso dinámico, lleno de acontecimientos y cambios radicales, sobre todo en lo político-religioso.

La Conquista y colonización española marcaron, hasta la época contemporánea, situaciones y retos para el desarrollo sociocultural en su condición de marginalidad. La categoría de “indio”, de mozo -ambas formas de esclavismo (mosojiñtyel)- delimitó y condicionó de forma negativa su relación con el resto de la sociedad dominante.

Uno de los asuntos que los xty’añob conservan muy vivo en sus recuerdos, es la reforma agraria de los años treinta de este siglo. Los tatuches (ancianos) que aún viven, fueron testigos de este cambio y mantienen viva en su memoria los recuerdos de la época y, por lo tanto, al contar sus anécdotas, testimonios, cuentos y leyendas, de alguna u otra forma, salta el lenguaje agrarista.

Históricamente, el Chol o ch’ol fue un nombre impuesto por los españoles para referirse a la región donde convivían varios grupos con estrechos vínculos, no tanto políticos, sino culturales y lingüísticos. Los ch’oles llaman a su propia lengua con el término ty’añ (palabra).

Los lingüistas e investigadores actuales discuten la forma correcta de escribirse chol o ch’ol; por ello, como poeta, he decido manejar a la palabra xtyañoñlojoñ (somos de palabra) como nos autodenominados en la actualidad.

La poesía de los ty’añob, como toda sabiduría de una cultura, tiene una visión del mundo, su cosmogonía; se transmite, se crea, se recrea y, a la par, habla de su realidad y su momento. Hoy por hoy, los pueblos originarios están llenos de dolor, coraje e impotencia porque han sido violentados, asesinados, masacrados; sin embargo, toman la decisión colectiva de cambiar las cosas a través de la palabra, a través de la poesía, a través de los cuentos, a través de la música.

La poesía de los tya’ñob, es el encuentro originario con la existencia Ñichim (flor) y ty’añ (habla). Ñichimal ty’añ o ñich ty’an significa flor de la palabra, así nombramos a la poesía, con esa profundidad que la convierte en única para la reflexión de quienes hablamos el idioma.

La poesía en la cosmovisión de los xty’añob siempre ha existido, aún en la oralidad, tanto en las conversaciones cotidianas como en el lenguaje ritual. No quiero equivocarme, pero puedo hablar de mi trabajo, que ha girado a partir de la vivencia y convivencia en mi comunidad, atreviéndome a decir que me he formado con la oralidad y he tratado de escribir con esa experiencia. Escuchaba y escucho hasta ahora cómo la palabra xty’añob se va adornando por sí sola, dependiendo de las circunstancias; recalco a la poesía como ñich ty’añ, ñichimal ty’añ, ñichim ty’añ, flor de palabra, vela de palabra, luz de palabra. La palabra ñich ty’añ, es tan profunda que no la podría reducir en un solo contexto.

En sus versos resuenan las preocupaciones existenciales, la permanencia y el destino humano, las injusticias, los crímenes, el dolor de las mujeres, la felicidad y el cansancio, la fuerza de la naturaleza y su belleza, la muerte y la vida, unidos en dualidad con la formación humana que, fusionados, dan el valor poético y su misión social.

Cuando se lee los textos en la lengua ty’añ, salta a la vista la fuerza lírica de su estructura y su contenido; no se trata de solo traducir y retraducir, sino es más bien una forma de comprender la existencia frágil y complicada de la cotidianidad de los ty’añob.

Cuando hablamos de la poesía de los Ty’añob, desde mi concepción, debe partirse en dos pasos fundamentales: el primero, es hacer conciencia humana de su fuerza vital, de su fragilidad y su muerte; el segundo, es la vocación del poeta como portador de esta cultura, consciente del valor de la existencia de la lengua.

De la poesía de los ty’añob, en la presencia de antaño, recojo fragmentos que no pueden pasar desapercibidos por quienes formamos parte de esta cultura, tan golpeada, tan discriminada, tan marginada en la actualidad: “Tyi ye’bal a wok, tyi’ ye’bal a k’äb, juñk’e cha’k’e iyopol, juñ bujts añichim; umba’añob añichim, umba’añob ayopom “Bajo tus pies, bajo tus manos, unas cuantas hojas, un ramo de flores; aquí están tus hojas, aquí están tus flores, tus retoños”. Este último, es un fragmento de un ritual ceremonial que habla de lo que nos provee la naturaleza, pero hace la comparación de la flores y hojas con los hijos; es una forma tan sencilla y profunda, pero, a la vez, complicada entender. Las flores y las hojas son los adornos que no deben faltar en el camino de la vida y, aún, en la muerte; por lo tanto, lo que el universo provee es sagrado y, asimismo, humano.

Respecto a la poesía de los ty’añob -en el libro Palabra Conjurada... (1999)-, Juana Peñate dice: “El hombre con sabiduría teme, cuando el destructor le gobierna el universo, pero aún así camina, habla y viene” (s.f.). Son palabras sencillas y coloquiales que recrean una cierta timidez; pero, a la vez, la firmeza en la cotidianidad de las comunidades con vivencia.

Cada poeta debe tener claro que escribir en ty’añ es reivindicar el idioma, debe ser consciente que el proceso es lento, que los jóvenes ya no quieren hablar su lenguaje, se avergüenzan, porque a nuestros padres les hicieron creer que somos solo estorbos, puesto que nuestros padres no quieren que seamos mozos ni esclavos.

Aquí fue más drástico el empoderamiento extranjero, se establecieron grandes fincas cafetaleras de alemanes; los primeros abuelos fueron mozos y esclavos y, luego, la introducción de la religión debilitó aún más nuestra cultura, la vestimenta, las fiestas y los rituales; pero, aun así, la palabra de los ty’añob sigue viva, sigue susurrando pese a todo.

Los que escribimos somos llamados a no lucrar con nuestro idioma porque no es propiedad de nadie, sino es un patrimonio legado de nuestros ancestros. Nuestro trabajo es crear y recrear y, a la par, darle a conocer al mundo de la riqueza de su estructura y su ritmo, la complicada pronunciación de su sexta vocal y de sus consonantes glotalizadas. Hablar de los ty’añob es entender y conocer de su música, de su danza, de su comida, de sus lugares sagrados y, por qué no, de los diversos matices de dolor que aún el mundo no sabe.

He aquí mi palabra (Ya’añ kty’añ ilayi).

Juana Peñate Montejo

 

Ilustraciones

 

1.       Cuadro de Andrés López

2.       La puerta de Saúl Kak

 

 





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