Lectura dialógica

 

La poesía de Antonio Manuel Bolom

 

 

María Isabel Martínez

Universidad Austral de Chile

 

La lengua… aquel elemento indispensable para el vivir y el sentir del sujeto que; sin embargo, se vuelve contradictoria y desgarradora del canto personal cuando se es indígena. Nos construimos inevitablemente a través de la lengua, y es por eso que al leer la poesía de Manuel Bolom, guiada por los vuelos de los pájaros sobre las tierras y las remembranzas de niños y abue­los que el hablante lírico asume, podemos vislumbrar ese desgarro, la doble lectura de la vida que significa escribir, pensar y significar el mundo en dos lenguas, es decir, la impuesta y la propia; en este caso, el español y el tsotsil, que se evidencian tanto en el bilingüismo con el que escribe el poeta, como también en las reflexiones, evocaciones, metáforas e imágenes que se desprenden de cada poema.

El hablante lírico se sitúa como un observador de la vida y su pasado dentro del territorio, evidenciando su constitución fragmentada y escindida al no poseer, como los pájaros, todos los constituyentes para entender su entorno y la vida: “El pájaro lo comprende todo. Cada símbolo le es claro. / Yo descifro la vida con cansancio/ mi pensamiento lo cuelgo de un árbol seco”. La voz poética siente miedo ante esta comprensión, ante este canto cuya luz ilumina, ante la búsqueda de descubrir los secretos de las palabras que contiene el canto. Así, la lengua deviene en conflictos identitarios no resueltos, con cuyas herencias debe convivir el hablante, pero que, potencialmente, se resuelve por medio de la escritura, de “sacar fuera” la palabra: “Hablaré para aliviar el punzante dolor/ y sentiré la obliga­ción de dialogar acerca de los gritos de mi lengua/ de las noches que me sueño pájaro/ del aire que traquetea nidos de pájaro/ con el viento/ a ver qué hago”.

El canto es el sentido propio, negado por la violencia de una imposición cultural, pero que busca revertirse a través del retorno a la memoria de los pájaros, que traen con sus vuelos un pasado en sintonía con el territorio, así como también, del silencio, del miedo que subrep­ticiamente es parte del canto que lo amenaza. Sin embargo, este canto subsiste, en conjunción con el recuerdo que el sujeto consciente de su herencia alimenta, que erige en sus sueños a pesar de su contemporaneidad, manteniendo en estas mismas evocaciones una forma de resistencia que pervive en el transcurrir de las vidas: “Los pájaros descienden de los árboles/ como hojas maduras que caen/ con el soplo del viento trae sueños/ que hacen cantos de pájaros/ vuelan, cultivos, vuelan/ como grumos del tiempo”.

 

 

Cuando la lengua se transforma en acontecimiento

 

Manuel Bolom

A partir del 2002 empecé a sentir la poesía, cuando leí por vez primera Pedro Páramo de Juan Rulfo, después empecé a leer otros autores en el campo de la filosofía (a pesar que me dijeron que sería más útil regresar al campo, a sembrar milpa que estar estudiando), ahora me sostengo armoniosamente entre el campo y la academia. En el año de 2004, el Centro Estatal de Lengua, Arte y Literatura Indígena (CELALI) me invitó a un diplomado de creación litería, con mucho ánimo me inscribí; ahí conocí buenos maestros que explicaban con una maravilla lo que implicaba escribir poesía. Desde entonces empecé a conocer autores como Vicente Huidobro, César Vallejo, Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson, Carlos Germán Belli, Antonio Cisneros, Pablo Neruda, Pablo de Roka, Gonzalo Rojas, Jaime Sabines, Juan Bañuelos, Rosario Castella­nos, Octavio Paz, Efraín Huerta, Efraín Bartolomé, entre otros.

En aquel entonces, yo buscaba algo, algo en mi soledad, como diría María Zambrano en Hacia un saber sobre el alma, que escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, pre­cisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas. Es decir, que nadie, absolutamente nadie está solo en términos absolutos. La soledad es pésima compañía. Y dicha revelación permitió darme cuenta que mientras haya dos solitarios en el mundo, por muy alejados que estén el uno del otro, ambos necesitarán comunicarse o, lo que es lo mismo, que la literatura y la poesía prevalecen, dialogan y caminan.

En aquel seminario los maestros siempre me decían, hay que escribir, mínimo tiene que escribir tres cuartillas diarias, es cuestión de una hora, para que a la semana tengas 21 cuartillas y de todo eso sólo servirá una o media cuartilla a lo mucho, en esa media cuartilla estarán conteni­das las palabras adecuadas, el lenguaje en su justa dimensión, a la altura de la poesía, si no es así, es simplemente pura palabrería nada más, entonces estarán hechas con otras cosas, menos con la poesía.

Me decían mis maestros, cuando se adentren al lenguaje no hay que quedarse únicamente con la significación gramatical, hay otra, es lo que tienen que descubrir, una significación mágica, que es la única que nos interesa, que es el lenguaje que tiene semilla. Uno, es el lenguaje objetivo que sirve para nombrar las cosas del mundo sin sacarlas fuera del contexto cotidiano de su uso; el otro, rompe esa norma convencional y en él las palabras pierden su representación estricta para adquirir otra más profunda, más oscura, primigenia adquieren una mudanza, un vuelo, un espesor distinto, un fantasma que sale de las nieblas en el albor del día y, como rodeada de una luminiscenciam, eleva al lector del plano acostumbrado y envuelve en una atmósfera encantada, lo muerde lentamente, hasta incorporarse en su piel.

Poco a poco fui descubriendo esa palabra interna de las cosas, esa palabra latente y que está debajo de la palabra que las designa, ahí es cuando me di cuenta que la palabra tiene semilla, tiene corazón, tiene ch’ulel. Esa es la palabra que me fue acompañando en mi soledad, en mi andar con la poesía y la memoria como territorio ancestral; la palabra me fue envolviendo, se fue encarnando en mí el verbo creado y creador, la palabra recién nacida, la invoqué: “te quiero como la muerte soy un barón de palabra”. Como dice el Popol Vuh la palabra se desarrolla en el alba primera del mundo. Su precisión no consiste en denominar las cosas, sino en no alejarse en el amanecer del día.

Para ello, los que se atreven a caminar con la poesía, su vocabulario es infinito por­que ella no cree en la certeza de todas sus po­sibles combinaciones. Su rol es convertir las posibilidades en certeza. Su valor está marca­do por la distancia que va, de lo que vemos, a lo que imaginamos. Para ella no hay pasado ni futuro. El poeta crea fuera del mundo que existe, el que debiera existir.

En todo mi caminar con las palabras, entendí que yo tengo el derecho de ver a un fantasma convertirse en una flor o recoger un poema después de un arcoíris, en este trayecto, nadie está facultado para negarlo porque está den­tro de mis visiones.

Entonces fui aprendiendo y aprehendiendo que las palabras son nómadas; la palabrería las vuelve sedentarias. No es tarea de la poesía ponerle casa al lenguaje o un lugar fijo. Su afán es soltar las palabras, dejarlas correr, volar. Las palabras son una fogata, una asamblea, un sentido comunitario que se comparte.

Para mí, el poeta hace cambiar de vida a las cosas de la Naturaleza, saca con su morral todo aquello que se mueve en el caos de lo innombrado, tiende hilos de colores entre las palabras y teje un huipil desconocido, y todo ese mundo estalla en fantasmas, en creencias, en mitos in­esperados. El valor del lenguaje de la poesía está en razón directa de su alejamiento del lenguaje que se habla cotidianamente. Esto es lo que la gente no puede comprender porque no quiere aceptar que el poeta trate de expresar sólo lo inexpresable. El poeta tiene que caminar fuera del valor de las palabras, que queda siempre más allá de la vista humana, un campo inmenso lejos de las fórmulas del caminar diario. Es importante mencionar que la Poesía es un desafío a la Razón, el único desafío que la razón puede aceptar, pues una crea su realidad en el mundo que creemos que es, o la realidad que decimos que es la realidad.

La Poesía está antes del principio del hombre y después del fin del hombre (en la biblia dice que es el VERBO, en Popol Vuh es el movimiento, la danza, el corazón). La Poesía es el len­guaje de la Creación. Por eso, las células del poeta están amasadas en el primer dolor y guardan el ritmo de la primera convulsión. En la garganta del poeta el universo busca su voz, una voz inmortal, que deje un rasguño al demonio. El poeta representa el drama angustioso que se realiza entre el mundo y el cerebro humano, entre la razón y la emoción, entre el mundo y su represen­tación. El poeta conoce la palabra de las cosas, conoce el eco de los llamados de las cosas a las palabras, ve los lazos sutiles que se tienden las cosas entre sí, oye las voces secretas que se lanzan unas a otras palabras separadas por distancias inconmensurables.

Cada sonido, imagen de las palabras los agrupa y los obliga a marchar en su casa por rebeldes que sean, descubre las sugerencias más misteriosas del verbo y los amasa, las entreteje en su discurso, en donde lo absurdo pasa a tomar una belleza. Allí todo cobra nueva fuerza y así puede penetrar en la carne y dar fiebre al alma. Allí atrapa ese temblor ardiente de la palabra interna que abre el cerebro del lector y le da alas y lo transporta a un plano superior, lo eleva en otros universos o lo deja de otro modo. Entonces se apoderan del alma la fascinación; la encan­tan, la enamoran y la escupen para renacer.

Las palabras tienen a un sabio oculto que va organizando todo, es como un ancestro mágico que sólo el poeta sabe descubrir o hablarle adecuadamente, porque él siempre vuelve a la fuente, vuelve al principio, vuelve al inicio. Por eso, el lenguaje es la danza que se convierte en un ceremonial de conjuro y se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial un tanto ajeno a todo vestuario convencional adherido con anterioridad a su cuerpo.

Toda poesía se balancea en el límite de la imaginación y se conecta con el espíritu, porque la poesía no es otra cosa que el último horizonte, que es, a su vez, el límite en donde los extremos se tocan, en donde no hay contradicción ni duda, pero también puede ser la duda misma. Al llegar a ese lindero final, el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica, y al otro lado, en donde empiezan las tierras de la poesía, la cadena se rehace en una lógica nueva.

El poeta con su palabra tiende la mano para llevarnos en otro horizonte, ni más arriba ni más abajo, sino otro horizonte, en donde esa realidad se combate entre la vida y la muerte; posibilita aperturar un espacio y un tiempo distinto, en donde la razón y la fantasía conviven, en donde el espíritu y la materia se enamoran.

Allí ha plantado su palabra y desde allí nombra el mundo, desde allí habla y descubre los secretos de la vida. La poesía es una de esas formas. Esa palabra breve, trabajada, que no es pro­ducto de sentarse y “ya” cayó la inspiración...-¡qué tontería! verdad-; esa palabra trabajada y mu­cho, no por eso significa sudores de horas, o humores de minutos o la acción de cinco palabras bien puestas. El ejercicio de escribir es una acción “mágica”, extenuante, libertadora, imaginario efímero de creación desde lo conocido y no, es la maravilla de saber decir estoy vivo.

Y por ello, la presentación de un poema frente a los oyentes supone un momento de percepción colectiva y de una experiencia compartida. De esta manera, un texto se convierte en un acontecimiento audiovisual, como la danza de los tsotsiles, saltan sin tocar el suelo, son como la hoja errante del viento silencioso. Son como el duelo y el último asilo de la tierra, danza de palabras que invita a salvarnos lo que escribimos.


Ilustraciones

 

1.       Cuadro de Andrés López

2.       Cuadro de Andrés López

 

 

 





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