Diálogo

Alejandro Sebastiani Verlezza

Armando Rojas Guardia

 

El origen de esta conversación es múltiple. Pudo haber ocurrido en muchos lugares de Caracas: en algún café, o en un bar, con una cerveza, o en un restaurante, o en una plaza, tal vez en la Universidad Central de Venezuela. En algún punto está conversación no ha dejado de suceder. A su manera se expande y se contrae, varía con el tiempo y muda del teléfono a la palabra escrita, también, van y vienen las palabras entre estos dos poetas. Y va de la poesía a la política y de estas dos últimas hacia otros linderos, digamos, bastante cercanos y vinculados con las circunstancias más inmanentes de la terrible y atormentada Venezuela, la de ahora mismo, enero del 2017, cuando su democracia está cada vez más –¿cómo decirlo?– devaluada.

 

Alejandro Sebastiani Verlezza: Armando, para empezar, digamos, hablemos algo por aquí: está la soledad y el júbilo compartido con los otros, está la soledad creadora y la fiesta; está, pues, la oscilación entre esos dos –de los tantos– polos de la experiencia.

 

Armando Rojas Guardia: la soledad es la otra cara de la comunión con los otros. Bien entendida, se abre, en su ápice, a la fraternidad; siempre que no se viva como aislamiento espiritual o misantropía; la cotidianidad está repleta de regalos, de obsequios, de dones inesperados, basta permanecer atentos para percatarse de ellos y agradecerlos. Dicen unos versos de Ernesto Cardenal: “Todo gozo es unión. /Dolor, estar sin los otros”. 

 

ASV: Esos regalos que dices, me parecen, algo tienen que ver con la atención, con esa experiencia plena, consciente de la atención, a veces sorpresiva, y bajo ciertas circunstancias, por qué no, relacionada con la poesía.

 

ARG: Tú sabes que es de Weil la frase: “¿Qué es la cultura? La formación de la atención”. Y también sabes que una expresión también recurrente en mis ensayos es la del “nomadismo mental”. Yo creo que el movimiento es el signo por excelencia de la expansión de la conciencia. 

 

ASV: Y el movimiento, claro, nos sitúa de nuevo en la noción o la experiencia del viaje, y particularmente en aquello del homo viator, o sencillamente la experiencia del andar, solo del andar.

 

ARG: Siempre he pensado que la manera privilegiada de viajar es hacerlo a pie. Los escritores del 98, sobre todo Machado, Ortega y Azorín, cuando quisieron redescubrir la España profunda, se dedicaron a recorrerla caminando: iban de pueblo en pueblo, de paisaje en paisaje, andando parsimoniosamente, con los cinco sentidos atentos frente a todo lo que se desplegaba delante de ellos. En Mérida, una vez, recuerdo que me topé en el restaurante del hotel con una mujer bellísima y dulcísima, ella me contó que hace unos años había hecho, ¡a pie!, el camino de Santiago, caminando desde la catedral de Burgos hasta la catedral de Santiago de Compostela: ¡unos 600 kilómetros!

 

ASV: Bien, pero sabemos que en todo lo que me cuentas está implícito, de nuevo, el movimiento, la posibilidad del movimiento, y no dejo de pensar en los ejercicios de los situacionistas, la práctica de la deriva con la que tan afín me siento, ni tampoco puedo dejar de recordar al Thoreau de Caminando, pero es claro que mucho de lo anterior ocurre dentro de unos márgenes de libertad que ahora, ahora mismo, aquí, en el país, no tenemos, y están cada vez más limitados por las circunstancias –vamos a llamarlas así, para no entrar en demasiados detalles ahora– sociales, políticas, económicas, todo un abismo y un entramado que se teje y justifica alrededor de palabras –por ejemplo, se me ocurre ahora– como “patria”, vaciadas de sentido, empleadas a conveniencia…

 

ARG: La patria, para el nacionalismo cerrero que nos gobierna, es una idea, que se antepone a todo, a la misma vida. Albert Camus decía: “Amo más a mi madre que a la justicia”, para significar que importan más las personas y los  objetos tangibles que los conceptos, sobre todo cuando a éstos se sacrifican los primeros. Recuerdo también el diálogo de una película que te regalé hace tiempo, en el cual un alto dirigente judío, amigo íntimo de Hannah Arendt, increpa a esta preguntándole: “¿Es que no amas a tu pueblo (refiriéndose, claro, al pueblo judío)?” Y Hannah le responde: “Yo no puedo amar a algo tan abstracto como un pueblo. Amo a mi marido, amo a mis amigos, te amo a ti”. Ahí está además Roque Dalton, el lector avisado recuerda enseguida que este poeta fue fusilado por sus camaradas en la guerrilla: otro ejemplo de lo que representa el hecho monstruoso de sacrificar una vida humana concretísima –la vida, en ese caso, de un poeta– en el altar de una ideología (una ideo-logía: un conjunto de ideas). ¿Te acuerdas de aquel poema de José Emilio Pacheco? Dice: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente...”.

 

ASV: Sí, lo recuerdo, de algún modo se relaciona con algo que me suele rondar y quiero comentarte, la gracia; para ti, dime, ¿será dada, o más bien “ganada” la gracia? No dejo de pensar que está repartida en el mundo de una forma, al menos, extraña. Esto implica, de nuevo, volver al don, lo que aparece y a su manera, por qué no decirlo, también se va.

 

ARG: La gracia se otorga porque sí, misericordiosa y gratuitamente: no la compran ningún mérito y ninguna virtud de nuestra parte. La explicación es muy sencilla: Alguien nos ama tácita y secretamente a todos.

 

ASV: Y la relación, o el ansia de presentir “algo” de ese Alguien puede también –en algunos casos, no siempre, claro, tiene que ser así– volverse tortuosa. Ahora que lo recuerdo, me hablaste de alguien que te preguntó sobre esta relación “tormentosa” en Francisco de Asís y Teresa de Jesús…

 

ARG: La vergüenza, la pena que experimentaron Francisco de Asís y Teresa como consecuencia de la levitación y los estigmas se debió, no solamente al hecho de que se consideraron indignos de una gracia tan especial y extraordinaria, sino sobre todo a que no querían aparecer ante los demás como investidos de una aureola de santidad, es decir, seres humanos superiores. Teresa dice en su autobiografía que en plena levitación, si esta era pública y notoria, quedaba “corridísima”, o sea, apenada, avergonzada: no quería que los otros la consideraran una mujer excepcionalísima. Lo mismo, pero varios siglos antes, le pasó a Francisco con los estigmas: estos podían representar para él un motivo de soberbia, dando pie al acrecentamiento de las ínfulas egóticas. Podían ser ocasión de un orgullo desmesurado.

 

ASV: Aprovecho aquí para que me hables del trayecto místico.

 

ARG: El trayecto místico supone un proceso de paulatina purificación interior. En ese proceso el místico experimenta “noches oscuras”, es decir, instantes de dificultad, momentos de dolor: debe vencer su propia sombra psíquica, toda la negatividad existencial encerrada en él, la inercia de sus malas inclinaciones, la propensión a la pereza espiritual y a la falta de humildad... Son momentos de sufrimiento: como la nave espacial que despega de la tierra tiene que ascender en contra de la gravedad que la empuja hacia abajo, en dirección exactamente contraria a la subida. El místico se enfrenta a la gravitación de la pesadez. Pero todo este dolor puede y debe ser aceptado, asumido y transfigurado desde el júbilo y la alegría, como hizo Cristo cuando la dinámica de la realidad le impuso el sufrimiento: lo aceptó, lo asumió y lo transfiguró en afirmación del amor, es decir, de la vida.

 

ASV: ¿Cuál es, para ti, la dirección fundamental de este trayecto?

 

ARG: La aguja de la brújula interna del místico siempre apunta a un norte claro: el gozo. Hemos sido creados para la alegría, esta es ontológicamente anterior al dolor y superior a él. Pero el camino de la alegría, en virtud de que somos finitos (y por lo tanto imperfectos, o mejor, procesualmente perfectibles), implica momentos de dolor. Las “depresiones” eventuales del místico forman parte de ese dolor, que es un dolor de crecimiento y que está siempre subordinado al júbilo y en función de él.

 

ASV: Si entonces aparece el júbilo es necesario hablar del cuerpo, sí, como la conexión primera con el mundo, la materialidad de las cosas, las sensaciones, todo el cúmulo de experiencias que en gran medida pueden conducir a otro camino, el de la expresión.

 

ARG: Mientras tengamos la brújula infalible del cuerpo, no nos desorientaremos existencialmente, es la relación orgánica de la conciencia con la materialidad del mundo, una relación que se realiza y expresa solo a través del cuerpo. He recordado, al conversar contigo, la taxativa afirmación de Spinoza: “Todo lo que aumenta el poder de acción de mi cuerpo implica automáticamente el aumento del poder de acción de mi conciencia”. Siguiendo a Spinoza, creo que lo bueno es aquello que aumenta mi potencia vital al estar de acuerdo con mi íntima naturaleza: su signo psíquico, corpóreo y espiritual es la alegría, porque esta subraya y rubrica mi adhesión entusiasmada al mundo y a lo real.

 

ASV: ¿Y la tristeza? Alguien, no recuerdo quién, tal vez Cioran, hablaba de la fuerza de la aflicción, la que resta vitalidad y alegría…

 

ARG: La tristeza, por el contrario, merma mi potencia de ser y cifra el odio explícito o tácito hacia la vida, proyectándose hacia afuera y hacia adentro en forma de remordimiento, de vergüenza y de auto-odio.

 

ASV: La música puede ser considerada una fuente de alegría, te lo digo porque en otras oportunidades hemos hablado sobre el tema y ahora mismo me haces recordar aquella discusión sobre Bob Dylan: a mí no me ha molestado para nada que le hayan dado el Nobel (los premios, en general, son para mí una lotería y un empujón económico, si la Fortuna concede esa gracia, pues); en todo caso, lo que me interesa aquí es detenerme en la relación entre la poesía y la música, la experiencia del poeta como el rapsoda que va por los caminos, con su lira y su voz; hay toda una tradición al respecto, antes de que las aguas se partieran con mayor nitidez y los poetas agarraran por su lado y los músicos por el otro.

 

ARG: El primer capítulo de un libro extraordinario, Lenguaje y poesía, de Jorge Guillén, está destinado a examinar la importancia estética de la poesía de Gonzalo de Berceo, máximo exponente en nuestro idioma del “mester de juglaría”. A estas alturas de la historia de la literatura está fuera de toda duda la relevancia artística de la poesía juglaresca. Para no hablar del hecho oxigenante de que el Premio pone sobre el tapete público esa antiquísima, ancestral relación de la lírica con la música mencionada por ti, que de alguna manera nos brinda una constelación sapiencial de la experiencia, de la que solo alcanza a dar cuenta la poesía y también los relatos, los proverbios y las parábolas; sin lo anterior, todo lo que llamamos civilización y progreso serían meras quimeras.

 

ASV: La música, Dylan, ¿un aire en tiempos oscuros?

 

ARG: Claro, por supuesto que vivimos “tiempos oscuros”, pero no precisamente por el Nobel a Bob Dylan (el mayor elogio que puedo hacerle es que su obra durante décadas me ha ayudado a vivir, a soportar la inescapable negatividad de lo real), sino por la presencia entre nosotros de poderes tiránicos, plutocráticos, deletéreos (y en nuestro país definitivamente dictatoriales) vinculados a los personajes históricos que les sirven de vehículo.

 

ASV: Hablemos entonces de Antígona, hablemos del derecho que tiene una persona y un pueblo a la rebelión, cuando el poder pierde la investidura que le ha sido otorgada y un país se encuentra en el nada fácil trance de intentar restablecer algo parecido a la justicia.

 

ARG: Antígona, Alejandro, es una tragedia de contenido eminentemente político, hay que decir que todas las tragedias, tanto de Esquilo,  como de Sófocles, como de Eurípides de una u otra forma tiene que ver con la política, porque la política es como el trasfondo de todos los dramas que la tragedia retrate, la política entendida como el acaecer, el suceder de la polis. Pero en el caso de Antígona esto es mucho más evidente y tangible: los atenienses se enamoraron perdidamente de Antígona cuando fue representada en el escenario, fue la tragedia más popular de Sófocles y le valió al mismo Sófocles el enormísimo prestigio y la celebridad entre el público ateniense. Edipo Rey es una tragedia modélica desde el punto de vista  dramatúrgico, cualquier escritor que se inicie en el ámbito del drama y la actividad teatral encuentra en Edipo Rey un punto de referencia clave para su aprendizaje, pero Antígona es una pieza teatral, no solamente también modélica dentro del punto de vista dramático, sino en ella palpita una reflexión absolutamente vigente, es decir, pudo haber sido escrita ayer. Su planteamiento trágico tiene una contemporaneidad verdaderamente clamorosa. Antígona se inicia al día siguiente de la derrota del ejército Argivo a manos del ejército Tebano, el ejército de Tebas. Los Argivos pretendieron invadir conquistar y ocupar Tebas y el ejército Tebano lo enfrentó y los rechazó, a los Argivos. ¿Y qué pasa este día posterior a la derrota de los argivos? Se comprueba que dos de los grandes capitanes del ejército Tebano;  Eteocles y Polinices han muerto en la batalla. Creonte el rey de Tebas, ordena que a Eteocles se le rindan honores fúnebre, pero no así a Polinices, porque hay presunción de una conducta impropia que Creonte juzga inmoral en Polinices. Creonte decreta que Polinices sea deshonrado pública y póstumamente, pero decreta que no se lo sepulte, y que nadie lo llore. Que un cadáver quede sin sepultura es lo peor que un griego podía concebir de alguien.

 

ASV: Inevitablemente, así lo creo, no hemos dejado de pasearnos por estas preguntas, siempre y cuando los medios de realización sean pacíficos, pero más que preguntas se convierten en demandas importantes para la condición –y la conducción– del ciudadano en la república. En todo caso, me interesa que sigas con esa lectura que haces de Antígona, enmarcada dentro de todo lo que nos toca colectivamente.

 

ARG: Pues Antígona razona en el fondo de su conciencia individual que ella debe desobedecer la orden del gobernante y el gobernante razona y argumenta que él tiene motivos para decretar lo que él decreta. Hay una tensión prácticamente irresoluble entre esos dos polos. Claro nuestras simpatías se movilizan casi íntegramente en favor de Antígona, pero no captaríamos el verdadero trasfondo de la tragedia si no asumiéramos que el otro polo existe y el otro polo, simbolizado por Creonte, también tiene su argumentación racional. Tú sabes que los griegos tenían una máxima ética moral que resume buena parte del espíritu helénico: “nada en demasía”. Para los griegos el exceso era inmoral, ellos exaltaban algo que denominaban “sofrosine”, es decir, la conducta equilibrada, la conducta que respeta y asume el ordenamiento cósmico y humano. Un ordenamiento que se expresa en la condición humana a través del equilibrio y de la mesura.

 

ASV: Me parece que podemos volver a Thoreau, Armando.

 

ARG: Por estos días alguien trajo a colación en las redes sociales uno de sus tratados, Desobediencia civil, en el que Thoreau argumenta acerca de la necesidad de la desobediencia frente a un gobierno que viola los derechos humanos y quebranta el espíritu de la verdadera moralidad. Mahatma Gandhi y Martin Luther King, por cierto, fueron lectores de esa obra. Entonces la desobediencia civil, la desobediencia de una conciencia individual frente a la razón estatal, es una cosa muy contemporánea y que está muy vigente entre nosotros. Hasta Santo Tomás en la Suma Teológica lo dice taxativamente: el hombre solo debe obedecer a su conciencia incluso si la decisión es equivocada, el hombre no se equivoca para obedecer al exponer su conciencia, por el solo hecho de obedecer a su fuero más íntimo.

 





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