Revista Electrónica: Documentos Lingüísticos y Literarios UACh

Andrés Ferrada Aguilar
Universidad de Chile

Ruptura de Expectativas y Sentido de Historia en El Padre Mío de Diamela Eltit

Denial of Expectations and Sense of History in El Padre Mío by Diamela Eltit

Abstract

This paper examines the testimonial speeches in El Padre Mío (1989) registered by Diamela Eltit taking into account two interrelated phenomena: the partial dissolution of the horizon of expectations during the reception of referential genres and the genealogical dimension that lies in the subjective nature of the enunciation. Under this light, both the reception of the speeches and the sense of history that frames them experience a kind of discontinuity peculiar to their idiosyncratic features.

Resumen

El presente trabajo examina las hablas testimoniales en El Padre Mío (1989) registradas por Diamela Eltit, tomando en consideración dos fenómenos interrelacionados: la disolución parcial del horizonte de expectativas durante el proceso de recepción del género referencial y la dimensión genealógica subyacente en la subjetividad de la enunciación. Bajo esta perspectiva, tanto la recepción de las hablas como el sentido de historia que las articula experimentan una profunda discontinuidad propia del carácter idiosincrásico del relato.

Introducción

En términos formales, El Padre Mío (1989) de Diamela Eltit se presenta como una serie de tres entrevistas cronológicamente ordenadas (1983, 1984, 1985), cada una de las cuales retrata un momento particular en la circunstancia psicológica y emocional del relator. La autora escoge el título de “hablas” para referirse a cada una de ellas, concepto que no sólo enfatiza la progresión oral de los relatos, sino también su carácter enunciativo. La forma seleccionada es una convención que permite, de algún modo, estructurar el habla del Padre Mío en parámetros asimilables a la interacción entre el relator y su interlocutor; a las fluctuaciones presentes en la actualización de la narración. En una aproximación a El Padre Mío a través del tiempo, en primera instancia el interlocutor es Eltit, quien registra, transcribe y edita los dichos del Padre Mío. En segunda instancia el interlocutor es el lector, quien interpreta no sólo las reflexiones del Padre Mío, sino también los procedimientos de representación llevados a cabo por la interlocutora. En esta etapa del proceso de montaje se vislumbra la transición del relato que convierte a Eltit en “un intermediario, para que el testimonista [...] haga llegar sus palabras al público oyente o lector” (Randall 1992: 21).

La “Presentación” otorga antecedentes fundamentales que permiten al lector contextualizar el origen a las hablas, como así también los recursos necesarios para situar al Padre Mío en la esfera de lo real no-ficcionalizado. Ante la cuestión básica relativa al carácter del libro, Eltit establece que ésta se convirtió en un asunto persistente, concluyendo que “la respuesta ya estaba contenida en el instante mismo de la grabación y, por ello, recuperación de esta habla, siguiendo la lógica de su salvataje en el deseo de su publicación” (2003: 14). De este modo la “Presentación” nos guía hacia la lectura de un relato real no-ficcionalizado, al tiempo que señala los propósitos que inspiran el registro: por un lado, un esfuerzo restaurativo y, por otro, la puesta en escena de una codificación escritural que permite su subsistencia. Utilizando una de las imágenes fotográficas que la propia autora utiliza, se podría decir que su intento es similar al que estimula la curación de registros audio-visuales: permitir que el observador-lector discierna las figuras y sonoridad al punto de discriminar e identificar a cada uno de los integrantes del montaje. Discriminación e identificación que son, al mismo tiempo, las marcas indelebles de una localización espacio-temporal.

Si bien la autora ha proporcionado las herramientas esenciales para que el lector visualice al Padre Mío como una figura histórica a la cual asignamos un espacio y un tiempo propios, circunscritos a la marginalidad santiaguina en particular y a la chilena en general, es inevitable que el lector no recurra a estrategias literarias a medida que se desarrolla la lectura de las hablas. Es decir, aplicamos al relato testimonial ciertos procedimientos interpretativos que utilizaríamos al enfrentar una narración ficticia tradicional.

Bajo esta perspectiva el presente trabajo examina la asimilación y localización conceptual de El Padre Mío por parte del lector. Si proponemos que el texto testimonial es susceptible de ser analizado mediante la participación de aquellas estrategias interpretativas tradicionalmente utilizadas en el examen del texto ficticio, la pregunta que surge en términos lógicos es, ¿cuáles serían las consecuencias distintivas derivadas del uso de cada una de estas clases de estrategia? En otras palabras, ¿hasta qué punto es la interpretación de El Padre Mío sustancialmente diferente de una obra narrativa puramente ficticia? El examen de estas preguntas será efectuado a través de la formulación y discusión de dos proposiciones fundamentales referidas al desarrollo estético-conceptual y a la recepción fenomenológica de la problemática testimonial en la obra de Eltit. Si bien cada una de las proposiciones es susceptible de ser analizada en forma independiente, el mecanismo que finalmente admite la emergencia de conclusiones y respuestas provisionales yace en la interacción de estos dos niveles de reflexión asociados con a) la fractura del horizonte de expectativas y b) la perspectiva histórica genealógica en la voz del desplazado.

 

Desestabilización y Disolución de los Horizontes de Organicidad, Codificación y Coherencia

Uno de los recursos que permiten la desestabilización de repertorios canónicos es la ausencia de una figura narrativa en tercera persona que estructure los “jirones de diario, fragmentos de exterminio, sílabas de muerte, pausas de mentira, frases comerciales, nombres de difuntos” (15) en un todo cohesivo y coherente. Las variadas formas de fragmentación post-moderna evidenciadas tanto en el discurso del testimonio como en su montaje imposibilitan el advenimiento de un relato estructurado en base a criterios orgánicos. La coherencia se transforma, en esta coyuntura de expresión, en un cliché pretérito y, por lo tanto, en un parámetro disfuncional al momento de aprehender las hablas del Padre Mío. Así como la sucesión en el tiempo del relato testimonial construye su figura histórica e idiosincrásicamente, la misma fragmentación de dicha narración elabora la perspectiva esencial desde la que aprehendemos y escuchamos la narración. El punto de fuga, por así decirlo, se dispara en todas direcciones, orientando la vista no sólo a la proporción formal de los objetos (accidental y escurridiza), sino también a la ubicuidad de una desproporción esperpéntica de gestos, miradas, recuerdos y rasgos de identidad.

Aún así, las prácticas convencionales instauran la sospecha hacia el relato escindido de las normas, y al leer las hablas del Padre Mío esperamos el surgimiento de un recurso deus ex machina que organice las tres hablas mediante notas a pie de página o comentarios explicativos1. La encrucijada que impone el texto de Eltit nos remite a la constatación que “la función de la literatura más corrosiva puede ser la de contribuir a crear un lector de un nuevo género, un lector a su vez sospechoso, porque la lectura deja de ser un viaje confiado hecho en compañía de un narrador digno de confianza” (Ricoeur 1996: 872). Podemos ir incluso un paso más allá y establecer que el lector espera la participación de un narrador externo a la voz y al relato del Padre Mío. Pero el relato niega significativamente la existencia de un narrador. La figura del narrador clásico en El Padre Mío no existe2. Tampoco tenemos la posibilidad de compensar dicha invisibilidad apelando a Eltit para que asuma un rol de intérprete o comentarista externa mientras se desarrollan las hablas. Lo que sí existe es la metamorfosis del narrador convencional decimonónico que deriva en la figura del propio Padre Mío, quien adquiere los rasgos de un autor o creador de hablas. Tanto la participación de Eltit en la edición de las hablas como la función enunciativa del Padre Mío son análogas a la figura del “escritor moderno que nace simultáneamente con su texto, desprovisto de un ser que preceda o supere su escritura, [un escritor] que ya no es más el sujeto seguido de un libro como predicado; el único tiempo posible es el de la enunciación y cada texto se escribe eternamente aquí y ahora” (Barthes 1977: 145).

Ante la pregunta concerniente al origen de los géneros, Todorov plantea que ellos provienen “sencillamente, de otros géneros. Un nuevo género es siempre la transformación de uno o de varios géneros antiguos: por inversión, por desplazamiento, por combinación” (Todorov 1988: 33). Ahora bien, si un género es una clase de texto particular históricamente transformado, tendremos que convenir con la idea que la voz testimonial del Padre Mío en tanto propiedad discursiva es un habla novedosa y estilizada adscrita a presencias narrativas precedentes. Destaco el rasgo creativo de la voz, habla de un “yo” que promulga un modo narrativo sui generis sujeto a una serie de convenciones que nacen durante la progresión misma del habla. En otras palabras, el pacto de lectura no surge como fenómeno a priori que precede al desarrollo de las hablas, sino que se actualiza a medida que éstas se despliegan discursivamente durante la simultaneidad enunciativa en la que confluyen el acto individual de apropiación de la lengua y la participación interlocutoria del “tú”.

Otra instancia que favorece la desestabilización de repertorios canónicos y que, en consecuencia, desafía el horizonte de expectativas del lector se refiere a una constatación elemental, pero no por ello menos intrigante o fascinante, cual es la percepción y recepción de las hablas ¿Hasta qué punto son susceptibles de una lectura convencional o codificada? ¿Qué significa leer un habla? ¿Qué es lo que en el fondo vemos o escuchamos cuando leemos el relato del Padre Mío? Subrayo las palabras asociadas con el acto de leer que, remitidas a su origen etimológico indoeuropeo leis (sendero, camino, vía) y a las formas verbales del latín lego, legere, lexi, lectum (recoger, hacerse con las cosas, examinarlas, seleccionarlas), apuntan, de una forma u otra, al carácter procesal de la lectura.

Desde una perspectiva sensorial vinculada a la aprehensión del texto, el proceso de lectura se evidencia en el recorrido óptico cuya dimensión progresiva o regresiva dependerá del estadio de asimilación informativa: volvemos atrás y releemos episodios específicos en busca de corroboración o recordación; nos posicionamos nuevamente en el punto presente desde el cual desplazamos esquemas mentales a la página siguiente, concretizando y proyectando hipótesis. Debido a que El Padre Mío contiene las hablas de un hombre esquizofrénico, la estrategia cognitiva en la etapa inicial de su lectura estimula una especie de compulsión organizativa que se traduce en la urgencia de retomar nombres, lugares, fechas y eventos a fin de atar cabos sueltos. Determinar, por ejemplo, la instauración de relaciones ilícitas entre el señor Colvin, Luengo, el Padre Mío, el Partido Comunista, la Antártida y el Hospital Siquiátrico. Sin embargo, a medida que la lectura avanza nos damos cuenta de la impertinencia de dicho recurso en hablas que se definen a sí mismas en términos de su inherente fluidez; en otras palabras, ellas se generan y gestionan en la propia subjetividad del Padre Mío3.

Debido a lo anterior, la lectura de las hablas privilegia la focalización del punto presente, sitio en el que converge simultáneamente la voz del Padre Mío a medida que cuenta su vivencia y la interlocución del lector. En tal sentido, al esbozar las consecuencias fundamentales derivadas de la mediación de la lectura, Ricoeur reconoce que “prescindiendo de [ésta], el mundo del texto sigue siendo una trascendencia en la inmanencia” (866). A partir de la síntesis del aparato formal de la enunciación entendido como el acto individual de apropiación de la lengua que introduce al que habla en su habla, no sería del todo inexacto afirmar que en el caso de El Padre Mío el acto individual de apropiación del texto (lectura) introduce al que lee en el habla de otro. Aún cuando las apreciaciones del autor se centran en la condición ficticia de los textos, éstas son perfectamente aplicables al carácter testimonial del trabajo de Eltit, en especial cuando señala que “sólo en la lectura el dinamismo de configuración termina su recorrido” (866). Lectura que para el desenvolvimiento de las hablas adquiere un sentido lato: asimilación, interpretación y experimentación, tanto del texto registrado como del hablado.

 

Dimensión Genealógica de las Hablas en la Voz del Desplazado

Al considerar ciertas particularidades del lenguaje establecidas a partir de la locura, es posible observar el carácter productivo de la alienación mental en la creación espontánea de imágenes simbólicas y metafóricas en la progresión de las hablas. Del mismo modo es posible destacar que la propia historicidad de la enunciación y del enunciado del Padre Mío surge de la anti-institucionalidad del desvarío, susceptible de ser registrada por medio de mecanismos referenciales que son expresiva, cultural y políticamente atípicos. En este sentido las hablas no retratan una figura-tipo caricaturesca convencional, sino que registran a un protagonista único e irrepetible en virtud de su propia construcción como ente e identidad al mismo tiempo, un “yo social”. Un individuo que confiere autenticidad a su relato acreditándolo a través de la vivencia en carne propia: “[s]i ustedes no se confían de lo que les estoy hablando—fíjense que yo les estoy hablando la verdad--: yo no tengo por qué estar ocultando nada, porque yo sé lo que es el significado de la máquina para hacer billetes” (44). Un fenómeno frecuente en el relato de las hablas es la continua aserción de la identidad mediante la explicitación repetitiva del pronombre en primera persona. En lugar de suprimirlo o elipsarlo, el habla esquizofrénica y espontánea del Padre Mío rescata del olvido su propio “yo” y, al hacerlo, nos enuncia y apela indirectamente en la forma de un “tú”. Considerando su contenido gramatical y sintáctico, las oraciones de la cita anterior se fundamentan declarativamente por medio de voces verbales activas. Su contexto histórico, sin embargo, refleja la urgencia de posesionarse de una identidad autodefinida en términos testimoniales (yo hablo), verídicos (yo hablo la verdad), auténticos (yo hablo la verdad real) y cognitivos-vivenciales (yo hablo la verdad vivida).

Al revisar la literatura en torno a las obras testimoniales en general y a El Padre Mío en particular, las referencias al concepto de historia son ubicuos, concluyéndose en la mayoría de los casos que quien enuncia un testimonio actualiza la inauguración del presente desde un eje histórico definido. Es decir, la enunciación se transforma en el mecanismo que posibilita la signación histórica de quien habla. Al hablar y hablarse, el Padre Mío no sólo activa una operación lingüística enunciativa, sino también explicita rasgos vinculados con la identidad y la entidad. Por un lado sus hablas lo identifican con el trauma de una instancia histórica dictatorial bajo la cual el individuo se perfila públicamente como un enajenado, un loco marginal: una rotulación que lo limita genéricamente dentro del ámbito del tipo, del personaje, en base a su función social4. Por otro lado, el acto enunciativo se convierte en aserción del ser, en corroboración de la entidad del Padre Mío, en un dispositivo mediante el cual se anhela la recuperación una centralidad perdida, despojada, arrebatada: “[a]ntes de perder la firmeza de mi cuerpo, de una sola cachetada podía tumbar a un hombre yo, pero ya no soy el mismo, porque yo no le convenía, por lo que le estoy conversando” (26). En este contexto, ¿cuál es la historia que habla el Padre Mío? ¿Cómo habla la historia al Padre Mío? ¿Es posible asignar al Padre Mío una localización o sitio conceptual generadores de un sentido específico e idiosincrásico de historia?

Reflexionando sobre las proposiciones teóricas de Nietzsche en torno al origen del pensamiento y los valores, principalmente en La Genealogía de la Moral, Foucault establece que “al posicionar las necesidades presentes en un origen, el metafísico tratará de convencernos de la existencia de un propósito oscuro que busca su realización en el momento en que éste aparece. La genealogía, sin embargo, pretende re-establecer los variados sistemas de sujeción: no el poder visionario del significado, sino más bien los peligrosos juegos de dominación” (1984: 51-100/239-256). De la reflexión anterior se desprenden dos modos de visualización histórica: la metafísica, que entiende la historia como un fenómeno intrínsicamente significativo; y la genealógica, que enfatiza las discontinuidades, silencios, fisuras y rupturas de momentos históricos localizables en el ámbito de la contingencia y la provisionalidad. Esbozando una respuesta a la pregunta formulada anteriormente, se podría establecer que tanto El Pade Mío (texto) como el Padre Mío (sujeto) ofrecen una perspectiva histórica genealógica fundada en la noción de desplazamiento y, por extensión, en la figura de un desplazado que ha sido corporal y metafóricamente exiliado del espacio logocéntrico desde el que se reconoce y sanciona públicamente la cordura de los individuos.

En esta instancia de la discusión en torno a El Padre Mío me parece pertinente extender las reflexiones vinculadas a la noción de la figura desplazada, en particular al constatar que tanto en las fuentes bibliográficas como en los estudios críticos sobre las hablas del Padre Mío utilizadas en el presente trabajo se inserta al enunciador con insistencia enfática dentro de una tradición de testigos y testimonistas relacionados marginalmente con el poder. En el caso particular del Padre Mío, es común que se le visualice como un sujeto residual circunscrito a márgenes mentales, políticos y sociales; es decir un individuo cuya marginalidad lo desviste de agencia administrándole paciencia. Su sintaxis social se reduce y es reducida, de algún modo, a una función paciente y receptiva, expresada en la profusa utilización de la voz pasiva con que actualiza sus hablas. No es, en otras palabras, un sujeto nominal que ejecuta, sino el objeto directo de una serie de ejecuciones al momento de ser planeado, solicitado, atropellado, chocado, triturado. Las operaciones sintácticas en voz pasiva permiten elipsar a los titulares que detentan el poder, situando al Padre Mío a merced de fuerzas burocráticas anónimas e incontrolables. Hecho paradójico si consideramos que el proceso de invisibilización conducente a la legitimización y naturalización del poder es el resultado de una disgregación verbal propiciada por el mismo testimonista. El texto, sin embargo, ofrece indicaciones claras que permiten aseverar que el Padre Mío es, como señalé antes, un desplazado. Dicha evidencia no contradice ni mucho menos anula su estatus marginal, más bien se presenta como un elemento co-actuante que permite una significación más transparente de su condición desplazada durante la década de los ochenta.

La premisa fundamental que sustenta la reflexión se evidencia al examinar el sentido de movimiento que involucra cualquier tipo de desplazamiento; una progresión que en El Padre Mío se realiza desde un espacio de centralidad monolítica inscrito en la estructura partidista hacia una periferia flexible que se expande o contrae dependiendo de las opciones trashumantes del testigo. En este caso el Padre Mío transita desde la militancia a la resistencia. La experiencia central se encuentra íntimamente relacionada con el concepto de tenencia, que en el desarrollo de las hablas se configura como la apropiación de una serie de bienes simbólicos que hacen que el sujeto sea reconocido como miembro del cuerpo social. Entre otros signos de tenencia en el caso del Padre Mío destacan: a) la cordura: “Si a mí no me hubiera acontecido este hecho, tendría la misma edad con el medicamento que existe, y ustedes también. Porque el medicamento éste es perjudicial para el contacto con la mentalidad”, b) la co-participación activa en movimientos políticos: “Yo tengo un compromiso con el Presidente Alessandri, ya que yo fui solicitado por él, por el señor Frei y por el señor Allende”, c) la integridad de facultades intelectuales: “Porque yo no soy ningún ignorante. Más franco no puedo hablarle”, d) el análisis meta-cognitivo del pensamiento: “Si hubiera podido hacer el trabajo pesado desde esa fecha a esta fecha sería un súper-hombre yo. Y---¿sabe lo que le hace falta a ese hombre?---: recibir órdenes. Le estoy hablando del señor Colvin yo”, y e) el vigor físico: “Si yo hubiera ejercido mi trabajo desde el tiempo que estoy planeado con los medicamentos, yo habría desarrollado mi físico, sería un hombre perfeccionado” (29-48).

Todas estas instancias son gestos reducibles a facultades psíquicas y físicas, como así mismo a ejercicios de aserción pública con los que el Padre Mío construyó tanto un sentido de entidad como de identidad. Los signos de posesión son muestras de adquisiciones pretéritas que permiten interpretar las circunstancias presentes del Padre Mío y su testimonio. En primer lugar la figura del desplazado se enriquece con la experiencia de la pérdida de los signos de tenencia; extravío que no obedece a hechos accidentales, sino que a una maquinación pactada que enajena al individuo convirtiéndolo en objeto directo de la sintaxis del poder. Observamos así a un sujeto que experimenta la expropiación de los signos que constituyeron su afiliación a ciertos niveles de poder y centralidad. Sin embargo, tales emblemas no desaparecen por completo; continúan existiendo trastocados e invertidos en las imágenes delirantes y las deconstrucciones verbales del Padre Mío. Los otrora signos logocéntricos han mutado carnavalescamente en formas asociadas a la distorsión de la palabra y el conocimiento, la locura, la enajenación social y la debilidad física. En segundo lugar el testimonio referencia no sólo corrupciones e ilegalidades cometidas con anterioridad (suponemos) al desplazamiento del Padre Mío, sino también se utiliza como mecanismo que permitiría corroborar la veracidad de sus hablas. En su Tercer Habla de 1985, el Padre Mío apela directamente a sus interlocutores inmediatos (Eltit en primera instancia, los lectores en segunda) con el fin de autentificar la confiabilidad de su relato:

[...] el señor Luengo que es el señor Colvin con el Padre Mío se quedaron con esas garantías ilegales anteriores de la concesión del dinero bancario, y fueron garantías que las tuvieron ellos, pero también la máquina para hacer los billetes. Yo esto se lo puedo confirmar si ustedes me hacen el servicio que yo necesito. Yo los voy a llevar donde personas con buenas indumentarias, porque no son personas vulgares ellos, que son personas de importancia y dan las órdenes en el país. Y esto que le converso del señor Colvin: jamás en la existencia de mi vida me ha pasado dinero a mí ni a mis familiares (46-47).

La cita permite establecer hechos relevantes a la discusión: primero, el Padre Mío mantuvo vínculos con círculos de poder, circunstancia que enfatiza el movimiento de desplazamiento y su figuración de desplazado5. Segundo, se advierte la urgencia de validación a través de la petición de este “servicio” que convertiría a los interlocutores en testigos presenciales del testimonio hablado del Padre Mío. Tercero, la cita admite el reconocimiento de la probidad del desplazado al admitir que ni él ni sus cercanos recibieron ganancias de actos ilícitos. Al respecto podríamos concluir que tanto las hablas del Padre Mío como su registro y publicación ofrecen el recuento genealógico de un desplazamiento que refleja la visión idiosincrásica de dos manifestaciones históricas. Por un lado la historia individual del Padre Mío (micro-relato), y por otro la convergencia de dicha configuración personal en el contexto de eventos políticos y sociales en la historia contemporánea de Chile (macro-relato). Ambos relatos se actualizan por medio de la co-autoría de quien otorga el testimonio y de quien lo estructura y difunde.

Bajo esta aproximación genealógica observamos que tanto Foucault como Eltit examinan los modos en que los individuos han sido administrados (y, en el caso particular de El Padre Mío, burocratizados y zonificados) y las heterogéneas manifestaciones de poder que inciden en la construcción figurativa y conceptual de la identidad. Historia, literatura y testimonio entendidos como experiencias individuales en constante estado de formulación discursiva que, a partir de sujetos definibles y falibles, ofrecen la complejidad de una verdad sustentada por la fragilidad de un acto enunciativo único e irrepetible. De este modo, la segunda década de la dictadura militar pinochetista y la neoliberalización económica se convierten en el punto de fuga desde el cual el Padre Mío relata parte de la historia de Chile desde su propia subjetividad. Si concedemos que los eventos traumáticos durante el régimen dictatorial obedecieron a una lógica demencial de exclusión, a una especie de destierro enloquecido de todo aquello que la centralidad discursiva consideraba aberrante, a prácticas de liquidación tan extraordinarias que el observador y el sobreviviente las calificaron en variadas oportunidades de locura, ¿qué extrañeza debería producir el hecho que parte de esa historia alienada se convierta en la evocación delirante de un esquizofrénico? ¿No es acaso precisamente la figura del loco la llamada a contar, exorcizar y preservar en la memoria hechos de tan profunda connotación social e individual, que adquieren significación digerible sólo a través de una retórica esperpéntica? El significante narrativo y el significado político de El Padre Mío como signo cultural, entonces, adquieren relaciones de complicidad y correspondencia mutuas al destacar sucesos excesivos sustanciados por una mezquina hamartia del poder en la progresión temporal de una voz esquizoide.

El lector también se convierte en co-partícipe de la disidencia que implica adoptar la voz del Padre Mío en la suya propia. El recuento genealógico se salvaguarda a sí mismo a través de la delegación transferible de las hablas al interlocutor. Al despojarse de la función característica que determina la asimilación del texto por medio de un mecanismo de absorción silente, el lector desestabiliza el modus operandi tradicional en la decodificación del mensaje, desviándose de las relaciones paradigmáticas fundadas en la impermeabilidad que separa a la figura central que se enuncia a sí misma de la figura del lector que recepciona las hablas. La vocalización, por el contrario, admite la permeabilidad y fluidez de las glosas desde una perspectiva doble: por un lado el lector es capaz de introducirse, mediante el artificio de la iteración, en la voz de Padre Mío, y al hacerlo dramatiza en forma de monólogo interior la circunstancia del subordinado6.

 

Conclusión

Ante la novedad instaurada por el relato de las hablas, El Padre Mío promueve gestos heterodoxos al transgredir continua y productivamente los repertorios canónicos asociados a la recepción de los discursos no-referenciales. Y al considerar las inéditas configuraciones de este escenario textual en el desarrollo del presente trabajo, he intentado responder, sin afán de resolver concluyentemente, dos preguntas básicas: ¿Es posible o pertinente enfrentar las dislocaciones del horizonte de expectativas a través de la evocación de recursos interpretativos presentes en la lectura de textos narrativos ficticios? ¿Cuál es la historia que surge en el texto testimonial y cómo debería interpretarse?

Se propone que, por un lado, los conceptos (y experiencias) fundamentales asociados a problemas de género, autor, narrador y procesos de lectura e interpretación experimentan una re-evaluación constante a partir de una base de estructura y referencia asociada a lugares literarios comunes provenientes de géneros tradicionales, como la novela, la poesía y el drama. Re-evaluación que deriva en la intervención de procesos vinculados a la vocalización y la permeabilidad de las hablas. En consecuencia, el lector explora el texto a partir figuraciones existentes que le conducen eventualmente a formas creativas disidentes de aproximación al relato del Padre Mío. Por otro lado, se ha establecido que las hablas promueven una aproximación genealógica al fenómeno histórico sustentado en el principio de dislocación y discontinuidad. Desde este punto de vista se potencia no sólo el carácter idiosincrásico del testimonio, sino también su carácter único e irrepetible.

Finalmente, cuando Ricoeur discute la dialéctica involucrada entre el texto y su lector, advierte que “sin lector que lo acompañe, no hay acto configurador que actúe en el texto; y sin lector que se lo apropie, no hay mundo desplegado delante del texto” (875). Apropiación que bajo los términos del planteamiento que propongo es posible gracias a la participación de los recursos orales. Pese a todo, “renace continuamente la ilusión de que el texto está estructurado en sí y por sí, y que la lectura adviene al texto como un acontecimiento extrínseco y contingente” (875). Ilusión que, insisto, desaparece tan pronto como el lector actualiza el texto de Eltit convirtiéndolo en una voz que pide ser escuchada. Dicha actualización no sólo es parte de un anhelo individual por parte del lector, sino que también se inscribe dentro de una tradición literaria testimonial que intenta restaurar voz al silenciado. Desde el punto de vista del corpus teórico en torno al fenómeno testimonial en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo pasado, por ejemplo, se advierte un énfasis en el desarrollo de temáticas ideológicas, “hasta el punto de que a veces la reflexión sobre o desde el testimonio pareciera más bien remitir a la teoría de una praxis textual de ‘liberación’” (Morales 2001: 19). Comprobamos así la disolución provisional de la brecha aparentemente inmutable que separa el relato testimonial del Padre Mío; su respectiva organización por parte de un sujeto responsable de la autoría de su edición y registro; y la lectura de las hablas. Es decir, las voces involucradas en los actos de emisión, difusión y recepción de las hablas, cada uno de ellos efectuado en tiempos diferidos, confluyen en un concierto unísono debido a la intervención de la oralidad como vehículo disidente.

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Para citar este artículo

Andrés Ferrada Aguilar. 2007 . «Ruptura de Expectativas y Sentido de Historia en El Padre Mío de Diamela Eltit». Documentos Lingüísticos y Literarios

 





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