Revista Electrónica: Documentos Lingüísticos y Literarios UACh

Alvaro Kaempfer
University of Richmond

La reformulación del proyecto colonial hispano en las Memorias del estado rural del Río de la Plata (1801) de Félix de Azara

Resumen

Este artículo revisa la propuesta hecha por Félix de Azara en sus Memorias sobre el estado rural del Río de la Plata de 1801 para relanzar el proyecto colonial hispano tras diagnosticar su debilitamiento moral, pérdida de cohesión social y falta de conducción política. Azara no sólo evalúa las fallas sino que delinea un programa de cambios para inscribir las colonias americanas en una voluntad mayor orientada a reponer España dentro del reordenamiento hegemónico de Europa. Su fórmula es la recomposición productiva de la población de origen ibérico junto a un programa de regeneración ética y social.

 

 

 

 

 

 

 

 

A fines de mayo de 1801, en el poblado de Batoví en la zona guaraní, Félix de Azara (1746-1821) concluyó la redacción de su Memorias sobre el estado rural del Río de la Plata (cfr. 1943). En la misma fecha recibió la autorización para volver a España tras haberlo estado solicitando desde 1797. Azara llegó a Río de Janeiro en mayo de 1781 como miembro de la comisión española que, junto a su par portuguesa, establecería las fronteras americanas entre España y Portugal. La disputa limítrofe se zanjaría a partir del Tratado de San Ildefonso que, en octubre de 1777, fijó el marco para una delimitación definitiva. No sería su única tarea. Azara debió permanecer en la región por un periodo mayor desempeñándose como funcionario del colonialismo hispano en América. Suyas son importantes empresas de exploración, investigación y descripción geográficas y naturalistas de una zona que cubría regiones situadas hoy en Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina. Sus Memorias esbozan una mirada desde la historia y las descripciones que hiciera del Paraguay y del Río de la Plata. Su propósito era revisar el diseño colonial desde el legado reformista borbón, la experiencia hispana en América y el desafío de respaldar una España arrinconada por la reorganización hegemónica de Europa. Mi análisis de este documento está ligado a un proyecto mayor de investigación en torno a la regeneración del proyecto colonial ibérico planteada por una serie de ensayos surgidos durante la última década del siglo XVIII en América.

El texto de Azara hace un diagnóstico político, económico y moral de la región a partir del programa puesto en marcha por el colonialismo hispano en la zona y en función de su revitalización productiva. Bajo esta perspectiva, sus Memorias defienden una ética colonial de disciplina social unida a la racionalización técnica de una red administrativa de control, expansión y producción. Su intento puede entenderse como el esbozo de un saber transmisible a la metrópolis para que ésta discierna verdad, falsedad y ley al generar una conducción que supere el caos de aquellos presuntos territorios indómitos (Mignolo 261). La tentativa de Azara compara los desafíos del colonialismo hispano de fines del siglo XVIII con las cruzadas científicas europeas que han venido redefiniendo el rol de América en la consolidación de Occidente. En tal sentido, reduce una multiplicidad de prácticas culturales, dicho en términos de Joanne Rappaport, a la univocidad de una interpretación funcional a la administración social y colonial (282). Aporta al imaginario letrado, ilustrado e innovador de inicios del siglo XIX que esboza un paisaje político, científico e histórico ligado a la compleja relación entre colonialismo y postcolonialismo.

La autoridad a la que apela Azara es su propia experiencia en la zona. Remite a los recorridos que ha hecho por las fronteras del Río de la Plata, a la elaboración de un mapa de sus territorios y a su lectura de historias y antiguos papeles ligados a la región (3). En consecuencia, el viajero, el topógrafo y el lector convergen sobre un cuerpo en tránsito que ha estado allí y es esa experiencia la que define la veracidad de su relato (Geertz 26). Sus Memorias, precisa, remiten “á hechos y reflexiones: los primeros tan evidentes que no pueden dudarse, y me parecen las segundas las más justas y convenientes” (Azara 3). Este doble gesto, narrativo y cognitivo, articula el espacio social a través del cual se ha desplazado a una serie de prácticas científicas compatibles con sus propósitos políticos (De Certeau 1988: 57). La necesidad de conocimiento a la que busca satisfacer responde a los imperativos de un saber planteados por la maquinaria colonial para afirmar su proyecto en las Américas. Su primer desafío es la búsqueda de sus iguales tornados diferentes por la experiencia colonial. Así, caracteriza la gente de origen europeo que ha poblado el territorio en base a sus costumbres y los límites de su gobernabilidad. Le preocupa, sobre todo, la recuperación ética, productiva y social de los agentes naturales del colonialismo ibérico. Al respecto, parte de la incomodidad que le produce un mundo híbrido, carnavalesco, donde, “[a]unque los mas sean españoles, no reparan en servir de jornaleros á la par con los indios, pardos o esclavos” (3-4). Esta resistencia estamental y colonial rechaza la uniformidad del trabajo que diluye jerarquías, borra límites al interior del orden colonial y anula su necesaria, rigurosa e hipotética estructura. La mezcla étnica de esa máquina rural de producción lo lleva a precisar el imperativo de asegurar la primacía de un ethos civilizatorio que debiera regir la empresa colonial.

La descomposición social y moral de los pobladores de origen europeo que Azara dice observar en la zona proviene, inicialmente, de la precariedad en la que viven. En consecuencia, llama a superar la deformación de las costumbres a partir de la recomposición de las condiciones cotidianas de vida de los agentes coloniales bajo la certeza de que es “imposible que pueda vivir el hombre con tan pocos utensilios y comodidades” (Azara 4). Esta deformación o franca regresión cultural habría impedido, sostiene Azara, aprovechar la abundancia del territorio en función de proveer condiciones adecuadas de vida “pues aun faltan las camas, no obstante la abundancia de lana” (4). Lejos de atribuir la descomposición cultural y ética de la sociedad hispana en la región a una carencia de recursos, enfatiza que las fallas se han producido a nivel de la administración política de la empresa colonial. La dislocación étnica del grupo, su pérdida de cohesión racial y los efectos de este proceso sobre sus costumbres habrían desatado la descomposición cultural de la que da cuenta. La consecuencia directa de este fenómeno sería la total degeneración de los agentes coloniales ibéricos. Azara indica que “las mugeres van descalzas, puercas y andrajosas, asemejándose en un todo á sus padres y maridos” y, lo que acentúa su asombro, “sin coser ni hilar nada” (4). Es decir, la alteración del orden estamental no sólo ha destruido costumbres sino que ha disuelto, incluso, lo que concibe como los e identidades de género.

Apoyándome en Homi Bhabha, creo que Azara sugiere que si bien la base racial de la población colonial ha sido degenerada, sugiere que su recuperación pasa por la reformulación de sus sistemas de administración, instrucción y producción (70). Anota que las gentes, lejos de los centros de mayor desarrollo, “no hacen alto en el pudor, ni en las comodidades y decencia, criándose sin instrucción ni sujeción, y son tan soeces y bárbaros, que se matan entre sí algunas veces con la frialdad que si degollasen una vaca” (Azara 5). Se trata, entonces, de recomponer un sujeto histórico cuya factura homologa lo étnico y lo ético al diseñar el agente capaz de llevar a cabo la recuperación productiva del colonialismo hispano. El problema de la zona guaraní no serían los nativos sino la población europea cuyas costumbres han sido deformadas por la forma de vida, la naturaleza y la mezcla racial.

Para Azara, revitalizar el proyecto colonial exige identificar, separar y jerarquizar claramente lo que se ha mezclado y confundido. La regeneración social no está lejos de los programas emprendidos en la península ibérica ni será ajeno a las políticas sanitarias que impulsarán los estados nacionales americanos en el siglo XIX. La descomposición o degeneración cultural de la población de origen europeo la observa Azara aludiendo a que “no llevan mucha ventaja á los indios infieles, y sus asquerosas habitaciones están siempre rodeadas de montones de huesos y de carne podrida” (5). Tiene clara noción de estar escribiendo desde lo que Mary Louise Pratt llamara zonas de contacto (4). Sin embargo, lo hace subrayando que no hay allí ni en el proyecto colonial el reconocimiento de cualidades superiores intrínsecas a la población de origen europeo sobre la nativa. Sometidos a la tierra y a la necesidad de sobrevivencia, a la cópula social, cultural y sexual que permite la sola adyacencia de cuerpos en un ambiente precario, todos responden de manera similar. La diferencia remite a la conducción política que opera y regula esas poblaciones y allí están, entonces, las responsabilidades. En consecuencia, la identificación y defensa de las diferencias genéricas, étnicas y sociales dentro del grupo de origen europeo y en función de su dirección son vitales para lograr su regeneración. Sólo así, reeducados, poniendo en marcha un programa productivo y político que retome la empresa colonial, el proyecto podría hacer frente a los indígenas que rodean los centros coloniales del Río de la Plata e, incluso, a “los infieles de la cordillera de Chile” (12). Tal como sucede en la economía de alegoría maniquea vista por Abdul R. JanMohamed en la literatura colonial, las Memorias transforman variaciones étnicas en diferencias morales e, incluso, metafísicas (61). Asimismo, repite que la principal causa de ese proceso de degradación remite a la conducción política y al énfasis productivo en su manejo. La ruta que conduce a la recomposición de cierta integridad étnica capaz de dotar a un grupo humano de protagonismo cultural e histórico puede ser construida, por lo tanto, a partir del trabajo al interior de un sistema adecuadamente liderado.

Tras hacer una evaluación general, Azara apunta a los que debieran ser los principales responsables del proceso de regeneración social. Interpela, en este sentido, a los eclesiásticos, encargados de velar por la solvencia moral de los agentes coloniales. A su juicio, la primera defensa del proyecto colonial es la cohesión ideológica de sus agentes bajo el magisterio religioso de los sacerdotes católicos. Éstos, dice, debieran “gritar sin intermisión contra los pestíferos vicios, persuadiendo ademas que el trabajo arreglado es una virtud que hace felices a los hombres” (5). La relación entre virtud y trabajo sería una exigencia moral vinculada a la prédica religiosa. La tarea no es menor, dice Azara, si se considera que para las gentes que pueblan la región “los ganados son su único tesoro”, pero ni siquiera eso parecen estar en condiciones de comprender (10). El valor otorgado a la ganadería en desmedro de la agricultura habría afectado las relaciones sociales y la imposibilidad de contar con asentamientos estables (Garavaglia y Gelman 80). Sin embargo, Azara insiste en que el problema no era la línea de producción sino que tenían que ver con las deficiencias en la administración colonial. Además, si la primera línea de defensa colonial era la prédica religiosa, la poca urbanidad y buenas costumbres que sobrevivieron en las zonas de Corrientes y del Paraguay, había sido gracias a la existencia de “algunas parroquias” (Azara 6). En ese “desparrame general” de gentes la excepción eran “las pocas ciudades por estar en puertos, y la de los pueblos indios que están concentrados por fuerza” (Azara 9). La región, bajo una perspectiva mayor incluso que la cubierta por Azara, ha señalado Nicolás Shumway, contaba con misiones religiosas y pequeños villorrios disperso y apenas conectados por rutas o senderos (9). El crecimiento de esos débiles centros urbanos ni siquiera guardaba relación con el desarrollo económico y comercial que habría logrado, afirmó José Luis Romero (122). Por tanto, la falta de una visión estratégica del proyecto colonial, su función productiva y cohesión religiosa diluía su aporte a la empresa colonial hispana.

La conciencia cartográfica de Azara subraya la construcción de un espacio de desintegración social, moral y política por deficiencias en la administración colonial. Su mirada y las propuestas que esboza no se agotan en este trabajo sino que guardan relación con un esfuerzo por conocer la zona, diagnosticas sus fallas y reconocer sus ventajas. Aún así, en este trabajo condensa el imaginario colonial que activa su escritura. De este modo se observan en su informe lo que De Certeau caracterizara como las operaciones que, sobre y a través de la misma escritura, delimitan y subrayan la organización de una cultura (1986: 68-9). No es otro el desafío que encara. Azara cree que se trata de instalar un proyecto cultural sin el cual el colonialismo hispano seguiría el ciclo de descomposición y degeneración que ya ha experimentado en la zona. Sus barreras, además de la contención moral que supone la prédica religiosa, deben estar en las condiciones de vida de una población eminentemente rural cuyo primer desafío es reafirmar su ligazón con los escasos puntos urbanos. Esta política de población, red vial y cohesión cultural no está lejos de la que formuló para España en la década previa Gaspar Melchor de Jovellanos (Vogeley 619). Junto con apelar a los responsables religiosos de la “decencia” y las buenas costumbres, Azara se dirige al gobierno colonial y lo llama a “pensar en esto muy seriamente” (6). Es urgente, insiste, “disponer en las capillas algunas fiestas de toros, carreras de caballos ú otras, para que se juntasen los campestres, y se viesen precisados á asearse: seria un medio de introducir la decencia” (Azara 6). El núcleo de su visión apela a la recomposición de una cotidianeidad colonial. No se detiene en las matrices generales del proyecto colonial solamente sino que apunta a la vida cotidiana del colonialismo hispano en América.

Para recomponer la civilidad cotidiana de un orden social orgánicamente articulado a la empresa colonial era preciso asegurar los vínculos que garantizasen su reproducción bajo patrones culturales sujetos a su productividad y en clara consonancia con una ética pública que cohesione sus agentes. Allí, incluso las festividades son una oportunidad para consolidar los símbolos de un orden, su régimen de verdad y las autoridades capaces de velar por su conducción. Es decir, la fiesta no es, ni mucho menos, el carnaval que invierte temporalmente un orden en función de su preservación, según observara por Bakhtin respecto de Rabelais (Bakhtin 11). Por el contrario, es un mecanismo que reafirma un orden amenazado por las formas de vida y una naturaleza que torna inocuas, incluso, las medidas tomadas bajo un taxativo “Mandó el rey” (Azara 7). El desafío es enorme y frente a él, entonces, el diagnóstico cede a los criterios que rigen su propuesta. De partida, asegura que “[n]o es posible dudar que el manantial mas abundante de riquezas para cualquiera provincia, es el cultivo de las producciones mas analogas a su terreno, y á las inclinaciones ó caprichos de sus habitantes” y, en tal contexto, continúa, “[v]oy, pues, a investigar por un calculo, cual sea este manantial en el gobierno de Buenos Aires” (Azara 7). Sin embargo, es vital reconocer que las colonias no están en Europa. Nadie podría ignorar “que un jornalero en España vale más que tres aquí, donde los instrumentos son imperfectos y escasos”, dice Azara y pone como ejemplo el que “en Paraguay no usan el fierro para la labor, sino los homóplatos de vaca por azadas” (8). En tal contexto, pretender introducir las artes resultaría inútil si antes no se asegura “la instrucción y las ciencias” (9). Es un asunto de énfasis. No quiere que “se proscriban todas las artes y oficios, sino que se abandonen a si mismos para que se reduzcan á lo necesario” (10). El criterio para recomponer el orden social, asegurar la moral pública y regenerar la población debe ser la organización productiva por sobre el Arte.

Las reformas que sugiere Azara eran urgentes en la medida en que el esfuerzo hecho por los centros coloniales resultaba insuficiente para recomponer el proyecto colonial y asegurar su contribución a la península. El juicio formula una mirada crítica que destaca vacíos en el esfuerzo reformista borbón. Las dudas planteadas por Azara remitían a las posibilidades de éxito de los cambios introducidos a la maquinaria colonial en las últimas décadas del siglo XVIII si no se aseguraba su conducción y fiscalización en terreno. A partir de su evaluación, esas reformas, sus iniciativas y objetivos no se habían logrado adecuar a los problemas de comunidades, regiones y territorios precisos. Asimismo, a las carencias en el manejo administrativo y a la nula previsión política se sumaba un escaso liderazgo moral, religioso. En consecuencia, las reformas que sugiere Azara parten por dar a “conocer aquí nuestra mala conducta en cuanto á ganados, y las incompatibles ventajas que hemos perdido” (10). Desde allí delinea “los puntos de un reglamente que podrá restablecernos en gran parte, logrando al mismo tiempo que nuestros campestres se civilicen é instruyan en la religión” (Azara 11). Subraya la viabilidad de un orden posible en base a la recuperación de la fuerza, cohesión y efectividad que el proyecto colonial habría tenido en los primeros años de conquista. Ese programa, su reformulación y continuidad de la mano del colonialismo se proyectará sobre el siglo XIX bajo visiones y liderazgos diferentes. En retrospectiva, considera que “con alguna previsión todo se habria podido remediar” en función de haber hecho de “esta provincia la mas feliz de la tierra” (Azara 13). Es el contexto en relación con el cual surge con fuerza el problema de la propiedad de la tierra que también se debatía en la península.

Azara consideraba que el problema de la propiedad de la tierra debía haberse zanjado hacía tiempo en base a una política de distribución que habría evitado la irregular concentración urbana permitiendo, de paso, poblar productivamente el territorio (13). La fórmula de conquista, población y producción de mediados del siglo XVI es revitalizada por sus Memorias (Sempat-Assadourian 55). En cierto modo, es el núcleo de su propuesta, y define el agente cultural capaz de portar el proyecto aún inconcluso del colonialismo hispano en América. En tal sentido, el texto de Azara permite observar que la transición desde el Colonialismo Tardío a la Modernidad había comenzado y su emergencia en la región está muy lejos de reducirse a la monumentalidad eventual y episódica de la independencia. Hay trayectorias políticas y programas que se le superponen. En este sentido, el núcleo duro del colonialismo, tal y como lo concibe Azara, sobrepasa esa coyuntura, se proyecta sobre la disputa nacional de su legado durante el siglo XIX cuya implementación será asumida por los Estados nacionales que emerjan del proceso. Diagnóstico, debate y propuestas del trabajo de Azara son parte de una misma reflexión que desata, en gran medida, el curso de ese proceso. Con él se busca la consolidación de un orden político, moral y cultural que combine propiedad y autoridad al sellar sus medidas y mecanismos de legitimación (Giddens 52). Azara ve, al mismo tiempo, que las políticas de propiedad y distribución de la tierra constituyen un factor clave de ese ingreso a la Modernidad sin romper la trayectoria colonial.

El problema de la propiedad de la tierra permite un diálogo o, mejor aún, atisbar una reflexión política que cruza los debates de la península y los problemas que encara el colonialismo hispano en América. Desde allí, Azara critica una “ley la más perjudicial y destructora de cuantas se podian imaginar” que sólo autorizaba dar tierras al que podía comprarlas (13). Observa, asimismo, una estrecha relación entre la degradación de las costumbres y una precariedad social y económica por efectos de una mala ley. De ese pésimo “principio viene que tengamos muchísimos campos desiertos, y que la ciudad de Buenos Aires no posea hoy más tierras de las que repartió su fundador” (Azara 14). En consecuencia, reformar la propiedad de la tierra para asegurar su distribución entre los agentes coloniales era un mecanismo para restaurar orden, producción y costumbres. Azara no sólo sugiere garantizar un control riguroso (10) y una adecuada política de tierras (13), sino que un sostenido trabajo de educación (6) para revertir la situación con positivos saldos para el Estado colonial y su expansión (15). Afirma, sobre todo, que “[d]e no poner este remedio, nunca habrá orden, ni florecerán estas provincias, ni se cortarán las atrocidades y latrocinios que se abrigan en tantos desiertos” (Azara 16). En tal contexto, los doce puntos programáticos que despacha en un párrafo condensan su propuesta. De estos quiero destacar sólo algunos.

Como medida inmediata, Azara esboza una política indígena que fue reformulada durante el siglo XIX tanto en el Río de la Plata como, en general, en el cono sur americano. Había que poner en movimiento una dinámica doble frente a la población indígena; por un lado, su absorción y, por otro, su franca aniquilación. La fórmula llama a liberar a todos los indios cristianos y a eliminar de manera “pronta y ejecutiva” los indios Minuanes y Charrúas. El exterminio permitiría avanzar militarmente sobre el territorio “que ocupan los infieles” para tomarlo en base a una adecuada redistribución de sus tierras. En seguida, correspondería asegurar el control de la región para proteger la operación de conquista, la continuidad de la ocupación y el bienestar de la población fijando fronteras en torno a una red de “capillas distantes de diez y seis á veinte leguas una de otra” (Azara 17-18). La relación entre construcción de capillas, fortificación militar y asentamientos urbanos habría sido, según Gustavo Verdesio, uno de los puntos claves de su propuesta (158). Es, asimismo, una lectura de lo que considera fallas del orden colonial que es preciso superar para asegurar su hegemonía en la zona. La regeneración del proyecto colonial cambiaría territorios y modificaría la naturaleza de la población nativa al hacer que todo indígena libre apoyase el fortalecimiento de la maquinaria colonial. Aquellos que ya habían sido cristianizados actuarían por contagio sobre el resto y quienes resistieran ese despliegue virulento debían ser reducidos a través de la acción militar directa. La conversión del buen salvaje en buen ciudadano reforzaría, además, la recuperación productiva, religiosa y cultural de la población de origen europeo. Luego y de acuerdo con sus cuentas, asegura que una producción ganadera que permita diez millones de cueros al año:

se pueden cuidar con treinta y tres mil jornaleros, beneficiar los cueros, carnes y sebos con quince mil, y estraer con veinte y cinco mil marineros; suman setenta y tres mil, que casi pueden sacarse de los pueblos de indios dandoles libertad, porque seguramente los mas serian pastores ó marineros (24).

El cálculo, sin embargo, remite a la eficiencia para llevar adelante el plan que ha propuesto y una defensa que integre a los colonizadores que velarían por su propiedad. De hecho, considera pertinente armar a toda la población civil bajo su propio costo y responsabilidad.

Completar este proceso, llevar a cabo su programa, exigía poner en marcha una reforma administrativa y política que afectaría, incluso, la estructura gubernamental del Río de la Plata. Azara creía preciso tener en la zona guaraní un gobierno separado tanto de Montevideo como de Buenos Aires. La conducción acotada y relativamente autónoma de ese territorio iría unida a una limpieza étnica, social y militar que debía eliminar toda especie animal o vegetal opuesta a la conversión productiva de la región. Es una política de exterminio como dimensión constitutiva del ingreso del colonialismo hispano a la Modernidad en aquella región. Se debía hacer tabla rasa de todo aquello que pudiera impedir la consolidación de la maquinaria productiva diseñada por Azara incluyendo la eliminación de todos “los perros cimarrones” por la vía de su envenenamiento (18). La propuesta no se detiene allí. Indica que una vez limpiado el terreno, reorganizado y protegido los poblados, se debía regular la importación de productos para estimular la productividad local sin generar alteraciones externas. En consecuencia, añade Azara, “[r]especto de la introducción, yo no permitiría otra que de esclavos y monedas” (20). La llegada de cuerpos que asegurasen la circulación y producción de riqueza suponía el apoyo a una economía esclavista que no impedía hacer un cálculo político menor frente a Brasil para asegurar la soberanía sobre territorios aún en disputa. En tal sentido, postula que ningún esclavo que se fugue desde el Brasil a las provincias del Río de la Plata debe ser regresado a los portugueses. Aclara que “aunque los tratados dispongan la restitución de esclavos, no se debia ni podia hacer”, insiste, “porque la fuga era un medio lícito de conseguir la libertad, fundado en el derecho natural, contra quien no podia valer ninguna humana convención” (Azara 20). Precisa, eso sí, que la fuga de esclavos es un problema portugués porque en los territorios españoles “tratamos tan bien á nuestros esclavos, que no hay ejemplar de haber estos procurado libertad” (Azara 21). La suya es una decisión política y apunta a afianzar el control de una región fronteriza desestabilizando, de paso, la que está al otro lado debilitando su mano de obra esclava.

De acuerdo con Azara, los problemas morales, sociales y económicos que habían causado la descomposición del proyecto colonial en la zona guaraní y en torno al Río de la Plata podían ser superados a partir de una ética colonial de regeneración ligada al trabajo. Las suyas son reformas que sientan las bases para defenderse no sólo de la degradación que experimentaban colonos sin conducción adecuada sino que, también, de la resistencia nativa. De paso, surgía una sólida barrera de contención social, cultural y política frente al Brasil lo que abría posibilidades de resolver de a poco la tensión, sin conflicto abierto, con Portugal. Junto a la instalación colonial y al asentamiento de un orden que diera garantías de soberanía, Azara esboza el borrador de una plataforma para profundizar la colonización interna. Este libreto será su legado a los proyectos nacionales en la región, como se verá bajo otros liderazgos y protagonismos durante el siglo XIX. Se trataba de imponer políticas de ocupación mediante las cuales un segmento territorial bajo control pudiera reproducirse cultural, militar e ideológicamente desplazando o subordinando a otros dentro de una presunta totalidad territorial (McClintock 88). En Azara, esta expansión pasaba por el fortalecimiento de la agricultura dentro de una estrategia de desarrollo colonial que insistía en la ganadería como la actividad central de la zona. Frente a la posibilidad de ser acusado de mantener inculta a la población por el énfasis en este rubro, reitera que el problema que se habría tenido hasta entonces no remite al rubro de producción sino que a cuestiones de organización, control y conducción. El problema de fondo es político y pasa por la reformulación del diseño administrativo colonial en función de un proyecto cuyo desafío último era su contribución a España. Asimismo, Azara no descuida el mejoramiento de las condiciones de vida de la región por cuanto su propósito, insiste, es “enriquecer al país y sé que las ciencias y cultura buscan siempre la opulencia” (23). Su fórmula garantizaba la abundancia y era la base para recuperar la decaída maquinaria colonial hispana. De este modo, reafirmar la presencia hispana en la zona debía ir en función del aporte de la región a la cohesión ética, social y productiva del armazón colonial.

 

Bibliografía

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Para citar este artículo

Alvaro Kaempfer. 2006 . «La reformulación del proyecto colonial hispano en las Memorias del estado rural del Río de la Plata (1801) de Félix de Azara». Documentos Lingüísticos y Literarios

 





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