Revista Electrónica: Documentos Lingüísticos y Literarios UACh

Cecilia Sánchez
Universidad de Talca

Parentesco discursivo y subjetividad en el castellano hispanoamericano 1

Resumen

En los comienzos de la batalla por la autonomía cultural de una Hispanoamérica, la lengua tuvo un rol fundamental: a través de ella podía conseguirse la unidad necesaria para las relaciones culturales y comerciales. Este trabajo estudia esta pretensión de universalidad lingüística a través de los textos de Bello, Sarmiento y otros, en los que se rechaza la subjetividad discursiva, rechazo que finalmente se expande a las minorías regionales, a las hablas populares y a las mujeres entendidas como corruptoras del idioma.

La adopción de la forma discursiva en las reflexiones sobre el lenguaje por parte de los intelectuales decimonónicos en Hispanoamérica, buscó proyectar una forma de fraternidad bajo la metáfora del amor materno. En vez de los vínculos del linaje, de las tradiciones y la cercanía del cara a cara de la oralidad, se realzó el parentesco intertextual de los connacionales y de los continentales. El nuevo vínculo es generado por la principal máquina de elaboración de textos prescriptivos: el Estado. El ordenamiento prescrito por la institucionalidad republicana, además de exigirle finalidades prácticas al lenguaje, corrige acentos extranjeros, dicciones étnicas o marcas regionales, pronunciación de clase o giros de género.

En el contexto nacional y continental, la voluntad de tal reforma es la de independizarse lenguasdel castellano de España, aunque se le reconozca su carácter de herencia, cuyo legado se lee en el nombre “Hispanoamérica"2. Para convertirlo en castellano hispanoamericano se adscribe a algunas concepciones modernas de la filosofía y de la literatura europea. Las más invocadas serán las corrientes anglo-francesas del siglo XVIII, tales como el sensualismo, el eclecticismo y el positivismo. Dichas corrientes se hacen parte de los cambios políticos, económicos y científicos de la era industrial y los proyectan en el lenguaje bajo figuras discursivas que, en el orden de la frase, controlan la estructura secuencial de signos, cuya finalidad es denotativa, según los postulados de los lógicos de Port Royal3. Desde la nueva matriz, la palabra es un vehículo representativo de verdades que tiende a esquivar la opacidad de presencias, adornos o figuras trópicas que no posean la condición de ser ideas unívocas.

Andrés Bello, Simón Rodríguez, Domingo Faustino Sarmiento y José Martí, serán algunos de los pensadores que entablen una relación compleja con lo que milenariamente ha sido apreciado en términos de la maldición que pesa sobre todo lenguaje: la babelización. Dicha maldición se asoció con una apertura al y/o lo Otro, cuyo símbolo fue aquella figura de intercambio conocida por el nombre Malinche, rebautizada por los españoles con el nombre sustituto de Doña Marina. Como bien se sabe, ella fue acusada de haberse sometido a las ideas y a la lengua del conquistador en su calidad de intérprete y de amante. Pero, además de posibilitar la traducción y la convalidación entre la lengua invasora y la invadida, su condición de mujer hizo posible que la conquista recibiera también el nombre de mestizaje4. Su doble nombre es síntoma de haber sido portadora de la mezcla y de la traición, responsabilizándola del quiebre de un supuesto origen unívoco y pleno. En este acontecimiento de la traición femenina, teñido de un tipo de sexualidad que los mexicanos rotularon “chingar”5, es importante notar la alteridad de las mujeres. Ellas son referentes de las formas de la nación únicamente para denotar el error y el desorden. En Chile, la aparición de Gabriela Mistral recién posibilita un tipo de palabra enunciadora desde un cuerpo de mujer. Esta nueva presencia en cierto modo triza la prefiguración del ideal patriarcal de los Padres de la Patria.

Bello y Rodríguez son quienes se resisten a la fragmentación o “corrupción” de la lengua hispano-castellana, según ocurrió durante el imperio romano con el latín, en España con las lenguas romances y en Europa con sus lenguas nacionales. No obstante, coincidir en depurar la gramática castellana, acudiendo a los principios de una comunicabilidad racional homogénea, Bello (ecléctico y empirista) y Rodríguez (sen-sualista ilustrado) emprenden rutas divergentes para purgar los desvíos del castellano. No concuerdan en sus propuestas de fijación para colectivizarlo y vivificarlo, pero ninguno de los dos duda de la necesidad de darle a los estados nacientes una civilidad “letrada”6.

La construcción lingüística del Estado-nación renegará de un simple nacionalismo y apelará a un curioso parentesco o vínculo fraternal de hermanos pertenecientes a la unidad de Hispano-América. Andrés Bello señala en su Gramática (1847): “Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispano-América” (Bello 1972: 11). Esta forma de filiación reúne a todos los que comparten una misma lengua o lengua maternal. Curiosamente, se invoca el vínculo madre/hijo(a), aparentemente el más natural de todos, pese a que las sociedades modernas articulan dicho lazo desde el Estado, incorporando preceptos normativos cuya escolarización contribuye a divulgar. La palabra madre es la metáfora indiscutida para entretejer la unificación fraterna de corte nacional. Se apela a ella para expresar la comunicación diáfana que debe existir entre hermanos de una misma madre. No obstante coincidir en la búsqueda de una comunicabilidad presencial, la exigencia de inmediatez pondrá en escena una suerte de confrontación entre dos tipos de lenguas maternas. Por una parte, gramáticos como Bello y Rodríguez postulan la construcción de una lengua letrada que apele al entendimiento; por otro lado, la lengua bárbara de nacimiento es resucitada en las obras de Sarmiento, Hernández, Martí y Mistral, entre otros. La madre iletrada o natal reúne elementos de un habla india y elementos de dialectos sin fijeza del romance español, que pretenden remitirse ilusoriamente a un origen pre-babélico. Acerca del castellano, Sarmiento dirá en una de sus publicaciones en el diario El Mercurio de Valparaíso, “...no son los maestros los que corrompen el idioma, son las madres...” (Sarmiento 2004: 287).

En el caso de la versión letrada de la lengua materna, Bello tomará partido por un “hablar correcto”, articulado en su libro Gramática (1847) en términos del “buen uso” de la gente educada. Los letrados son quienes mantienen la regularidad de un cuerpo (lengua) uniforme en sus funciones, aunque no idéntico en sus elementos. Su exigencia se sustenta en el trabajo de quien posee el arte para fijar un uso debido a fin de establecer un parentesco lingüístico homogéneo en Hispanoamérica. La literatura, entendida desde la impronta de las bellas letras, tendrá la misión de “pulir las costumbres” y “afinar el lenguaje” con la finalidad de que el entendimiento sea un punto de llegada. En el discurso de instalación de la Universidad de Chile, Bello enfatiza la importancia de la fraternidad de la lengua, para establecer vínculos mercantiles entre pueblos. Este intercambio amenaza con romperse si subsisten las jerigonzas y dialectos, “dado que la lengua es uno de los poderosos instrumentos de correspondencia y comercio” (1995: 315). La confianza en la función de correspondencia entre signos comunicacionales y económicos, revela que aquella es la principal motivación que promueve las correcciones gramaticales. El objeto en disputa es el cuerpo de la madre-lengua. La rígida oposición letra/oralidad intentó ser abolida por parte de Rodríguez de modo ortográfico. Uno de sus recursos es aproximar la “entonación” a la .“notación” y fundar la comunicación social en el espacio común de una página de papel. Si bien el gesto de Rodríguez se inspira en el empirismo reformador de Locke, también supone un residuo de escritura no empírico instalado en el corazón mismo del habla fonética al intentar recuperar su significado lógico de modo gráfico para darle legitimidad en el plano social.

La mayoría de sus escritos evidencian su pericia de tipógrafo, destreza que puso al servicio de sus intereses pedagógicos y estéticos. La página de una hoja de papel cobra para él la dimensión de un escenario en el que resaltan distintos tamaños y tipos de letras, conjugados con espaciamientos, cuyo propósito es el énfasis de conceptos e ideas. A tal recurso logográfico lo llamó el “arte de pintar las ideas”. Este será el estilo de escritura exhibido en su libro Sociedades Americanas (1828). Quien lo lea, apreciará en su grafismo algunos rasgos en extremo extravagantes para la época. En la primera página del libro citado, él mismo le adelanta al lector que su proyecto le parecerá “EXÓTICO” como “EXTRAÑA” su ortografía. Ante el temor de excitar su “RISA” o “DESPRECIO”, se defiende con un humor gráfico que anticipa el estilo de Mallarmé y al cómic, anotando en letras minúsculas un refrán latino que, en un acto de rebeldía en contra de la letra culta, decide escribir en francés: “rira bien qui rira le dernier”7.

Otro aspecto que participó en los debates acerca de la formación de una comunidad de la lengua hispanoamericana se relaciona con algunas disquisiciones filosóficas acerca de la relación y permeabilidad entre pensamiento y lenguaje. Bello sostendrá en su Gramática, como una tesis que orienta sus decisiones de carácter gramatical, el predominio idiomático del lenguaje por sobre las denotaciones racionales lasde las ideas. Al respecto afirma: “No debemos, pues, trasladar ligeramente las afecciones de las ideas a los accidentes de las palabras. Se ha errado no poco en filosofía suponiendo a la lengua un trasunto del pensamiento” (Bello 1972: 7). Esta afirmación revela que Bello asume una opacidad o frontera entre lenguaje e ideas, un espesor que no permite homologarlos del todo. Al respecto dirá: “Una lengua es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en la constante identidad de elementos, sino en la regular uniformidad de las funciones que éstos ejercen” (1972: 12). Bello insistirá en varios de sus escritos en el respeto por la vida propia de la lengua, fiándose de su “fisonomía” o “idiomaticidad”. Tal confianza lo hará establecer la “gramática de un idioma dado” y no “una general”. Bello rechazará los caprichos, las castas de filiación dudosa y los neologismos; no obstante admitir la arbitrariedad del lenguaje. Es evidente en el autor de la Gramática una crítica a posturas lógicas (apriorísticas) y cientificistas del lenguaje.

En la edición de la Gramática (1972) aquí citada, Amado Alonso es quien comenta las opciones del pensamiento de Bello. Alonso relaciona el lingüistismo poético y vitalista de Bello con el pensamiento de Wilhelm von Humboldt, teórico del lenguaje de la modernidad que escribió un estudio titulado: “Sobre las diferencias estructurales del lenguaje humano y su influjo en el desarrollo espiritual de la humanidad”, cuya primera aparición fue Introducción a su obra Die Kawi Sprache, Berlín (1836-1839), según señala en la nota 21 (p. XXVII).

Para Humboldt no existiría una estructura única y universal para la lengua, de modo que las relaciones entre sujeto y predicado serían más históricas que lógicas. Alonso también considera el apriorismo del lenguaje sostenido por Husserl y lo contrasta con los postulados de Humboldt y Bello, rescatando una base común entre estos dos últimos debeEn su Gramática, Bello se refiere a la dimensión idiomática de la lengua mediante metáforas que aluden a elementos“vivos” y, por lo mismo, cambiantes; a la vez que ilustra el aspecto físico de las palabras por medio de la metáfora del “color”. Las palabras tendrían un “color”, suerte de “tinta” que “tiñe” a las ideas que quieren expresarse a través de ellas. La organicidad del cuerpo vivo, la autonomía de sus movimientos, al igual que la rebeldía de una lengua-tinta; son metáforas sensibles desde las que Bello cuestiona el ideal de transparencia de la lengua en el que se instala el racionalismo logicista del discurso.

El racionalismo sensualista de Rodríguez, si bien es deudor de una metafísica presencial equivalente a la del logicista, en su práctica es más social que lógico. En sus escritos abundan metáforas corporales que en todo momento se oponen a una gramática pura. Frente a sus consideraciones acerca de la oralidad, la que aparece escenificada en un soporte declamatorio, cuyo fin es expresivo, vivaz; la escritura, en cambio, aparece “muerta” al momento de buscarla en el diccionario, hasta no ser revivida o “resucitada” por la lectura. La letra escrita en el papel, su tinta, por así decir, es una suerte de “epitafio” al que cabe hacer revivir. El milagro de esta resurrección tiene en cuenta exclusivamente la denotación: un equivalente de la letra, un sinónimo adecuado a la idea connotada. Cuando las palabras son inadecuadas puede aparecer el temido cuerpo “hueco” replegado en el alma de otro (el significado de una palabra en un significante equivocado). En ese caso, la palabra es un “disfraz” y/o, al igual que un cuerpo sin alma, no sería más que un “cadáver” (Rodríguez 1990: 25).

El enjuiciamiento a la palabra “hueca” esconde un inmoderado temor a la grafía inerte de las palabras, asociado al barroquismo de algunos discursos públicos de cuño retórico. También es recurrente su metáfora de las “baratas” para ridiculizar aquel desfasamiento, pues nunca se sabe el motivo de la aparición de estos insectos, destinados a ennegrecer espacios que son equivalentes a los de las hojas de papel.

En el contexto de la controvertida relación entre lengua y pensamiento, cabe mencionar a los pensadores positivistas que se inspiran en Comte, Spencer y Stuart Mill, para desarrollar sus perspectivas de la cultura y la política en función de leyes científicas cohesionadoras de la sociedad. Tales posturas antagonizaron con las concepciones letradas y con la tendencia del modernismo que sitúa al individuo y a sus prácticas creativas en la legalidad de una subjetividad independiente de la racionalidad del espacio público. Los modernistas más conocidos en Hispanoamérica fueron Rubén Darío, Amado Nervo, José Rodó y José Martí. El positivista chileno, Victorino Lastarria, con su fundación de la “Sociedad Literaria” en 1843, se propuso tratar temas de filosofía, de literatura y de la historia, en vistas de la difusión del cometido político que comprometía al letrado escribir sólo para formar buenas madres de familia y buenos ciudadanos. Sin tales exigencias la literatura podía caer en el sentimentalismo y la afectación personal8.

En concordancia con algunas de las tendencias del modernismo y desde una compresión de las inestabilidades que genera la sociedad industrial en el continente, José Martí reaccionará en contra de las posturas civilizadoras y sus autoridades centrales. En las primeras páginas de su conocido libro del año 1891, Nuestra América, afirma: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”9. Esta frase explica por qué restituye el lenguaje y las prácticas rechazadas por la discursividad dominante y por qué sugiere optar por la coexistencia con elementos disímiles.

En el caso del lenguaje, para Martí la palabra hablada o escrita en la América hispana debe hablarse “como manda la razón y como sea la lengua” (Martí 1992: 279). En la segunda mitad del siglo XIX, Martí se opone al lenguaje ostentado por las “jergas” homogeneizadoras, remendadas con retazos, borrones y remilgos. Coincide con Rodríguez en el peso otorgado al sentido referencial y su incidencia en los modos de decir o de escribir. En esta ocasión, sin embargo, dicha remisión restablece un vínculo entre la “lengua corriente” y la “castiza” para privilegiar un estilo en vistas de un asunto que requiere concisión o musicalidad. Por esta vía, Martí relativiza la adscripción unilateral al entendimiento y legitima la sensibilidad expresiva que había sido desechada por la discursividad republicana. Bajo la doble apelación a la razón y a la expresividad trópica, la lengua puede comparecer en situación de “lanzas”, “marcas a fuego” para practicar la memoria, o de “mazos” cuando se quiere caer sobre las palabras de un tirano. En este caso, el significado ya no es un alma en busca de un cuerpo estático. La referencialidad se mantiene, pero la palabra es equivalente a un cuerpo dinámico que requiere de un vestuario ade-cuado a la variabilidad de las circunstancias.

En su fervoroso comentario al estilo y a la “intensidad” dispendiosa de la poética de Martí, Gabriela Mistral alude a la doble procedencia de su escritura: la “ígnea” (la letra culta) y la “terrestre” (la natal de la región). En compañía de estas dos madres, más que “doblarse sobre el diccionario”, dirá Mistral, Martí zigzaguea por el “tronco castizo” de un vocabulario abundante y también por el habla “pimentada” del pueblo cubano10.

Aunque es breve el espacio que resta para desarrollar el problema de fondo de la dicotomía o confrontación entre las dos madres-lenguas mencionadas, puedo solamente indicar que el estilo discursivo proveniente del racionalismo

moderno, fue especialmente enarbolado por el proyecto republicano de carácter civilizador. Aquel proyecto asumió como premisa a priori un vacío fundacional, equivalente a la página en blanco, un punto cero que fue declarado explícitamente por Sarmiento en su escrito “Recuerdos de provincia”11. Desde tal percepción, se declaró el rompimiento con el orden político y el barroquismo colonial, pero, además, esa ruptura se extendió al pasado precolombino, al tono popular y al acento de las mujeres. Estos estilos de habla se menospreciaron debido a su carencia de universalidad. Así, entonces, en la era de los discursos públicos y antes de la amplificación tecnológica de la voz, se promovió el convencimiento homogéneo de conciencias a-sexuadas y neutras, percibidas de modo unilateral en el mundo público.

El romanticismo y el modernismo serán resistentes a los ordenamientos hegemónicos del utilitarismo y del positivismo en Hispa-noamérica12. Las nuevas concepciones de la mo-dernidad combinan regionalismos y universa-lidades que permiten incluir algunas de las exclusiones efectuadas por la cultura letrada y científica del comienzo. La movilidad y evanescencia del presente aceptará repliegues y restituciones de herencias heterogéneas. Reincorporará voces menores que traslucen ilegitimidades y secretos resentimientos asumidos por un voca-bulario íntimo, local y receloso.

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Para citar este artículo

Cecilia Sánchez. 2003–2004 . «Parentesco discursivo y subjetividad en el castellano hispanoamericano 1». Documentos Lingüísticos y Literarios 26-27: 33-36

 





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